Sor Ana Rodríguez, la monja que cambió la enfermería por ayudar a drogodependientes

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Llegó a Lanzarote, después de una vida entregada a las misiones en Perú y Colombia y se dio cuenta de que nadie hacía nada por los ‘homeless’, muchos de ellos habían caído en la droga. Para ayudarlos, puso en marcha la asociación ‘Calor & Café’, con la que ha atendido a más 2.700 personas.

El testimonio que compartimos esta semana es la historia de una monja que demuestra que es posible cambiar ‘parte del’ mundo. No hace falta tener muchos medios. Sor Ana Rodríguez (72, Asturias) no los tenía y eso no ha sido impedimento para poner en marcha su ONG.  

Sor Ana, enfermera de profesión, llegó a Lanzarote después de haber llevado a cabo misiones en Perú y Colombia. Nada más aterrizar en la isla se dio cuenta que nadie ayudaba a los ‘homeless’, muchos de ellos habían acabado en las drogas. 

Sin pensarlo dos veces, la religiosa creó en 2006 la ONG, llamada ‘Calor & Café’. “Yo era voluntaria en Cáritas y en aquel momento en Lanzarote había pocos recursos para ayudar a las personas que estaban de alguna manera en la calle y pensamos que desde la comunidad podíamos hacer una proyección social donde les ofreciéramos a estas personas un plato caliente y que tuvieran un espacio en el que no se les interpelara por el hecho de ser drogodependientes”, nos explica.

 

Una ONG para repartir calor humano

Así pusieron en marcha ‘Calor & Café’ que como el propio nombre indica, la ONG reparte comida, pero sobre todo: calor humano. “Tenemos un comedor social, servicio médico, lavandería y repartimos comida y ropa, pero nos hemos dado cuenta de que lo que más necesitan estas personas es sentirse un poco queridos”, continua.

Para conseguir prestar estos servicios, Sor Ana cuenta con 32 voluntarios que se han convertido en auténticos héroes que han tenido que soportar duros momentos. “Hay 32 voluntarios que semana a semana van rotando. Después hay una lista de personas por si algún voluntario falla. El voluntariado de ‘Calor & Café’ ahora es estable, pero al principio fue muy duro. Hubo gente que no fue capaz de terminar el servicio por el hecho de ver a tanto drogodependiente junto. Muchos de ellos incluso cogieron miedo, pero sin ningún motivo”, enfatiza y añade: “a pesar de lo duro que ha sido, hemos podido ayudar a más de 2.700 personas, el 80% de ellos, drogodependientes”.

 

El plato más buscado: ‘el potaje de Sor Ana’

En cuanto al comedor social, la religiosa explica que cada día al menos 60 personas acudan a comer y todos ellos preguntan por ‘el potaje de Sor Ana’. “Las familias y personas que vienen a nuestro comedor social comen dos platos principales y postre. Empezamos siempre por un potaje, porque es lo mejor que se comen. Haga frío o calor lo quieren. También les damos bocadillos y lácteos para llevarse a casa”, señala.

La paciente labor de Sor Ana ha librado a muchos jóvenes del pozo de la droga gracias a sus consejos. “A todos los drogodependientes que conozco trato de darles el mejor consejo. Suelo decirles: ‘¿Te has visto en el espejo?, ‘¿Ves cómo te estás deteriorando? Cosas así. Ellos saben lo que hay. Por ejemplo, el otro día vi a uno que hacía mucho que no pasaba por el comedor y estaba bastante desmejorado. Y él me decía que estaba así, por el estrés del trabajo. Y yo le dije: “Qué suerte tienes, porque yo trabajo todo el día y no adelgazo y tú estás en los huesos. Creo que tienes que ser realista contigo mismo porque hay algo más”. Y él agachó a la cabeza”, detalla

Pero no siempre ha conseguido ‘desengacharlos’ de la droga. “El mundo de la droga es como una telaraña de la que nunca puedes salir. Las recaídas siempre están ahí. Muchos de los drogodependientes que han pasado por nuestra ONG han muerto, se Sida sobre todo”, se emociona.

Testimonios que han marcado la vida de la religiosa

Eso sí en todos estos casos estaba Sor Ana al pie del caño. “Me han impresionado las historias de muchos drogodependientes que he conocido, porque generalmente cuando vienen están muy malitos. Aunque una de las historias con las que más sufro es la historia de un chico que se murió en el hospital y el pobre no quería que llamáramos a su madre para decir que estaba a punto de morirse. Su madre se enteró cuando ya era cadáver. La única obsesión del chico era no hacer más daño a su madre”, se le quiebra la voz.

Un proyecto como el de ‘Calor & Café’ implica mucho valor, pero la protagonista de nuestra historia lo tiene claro: “Es mi vida. Mi única inquietud es saber que el que tiene hambre puede comer caliente y que aquí puede recibir una pequeña ayuda. Además, es muy gratificante oír que gracias a la ayuda que les he brindado su vida ha cambiado”.

 En cuanto a cómo distribuye su tiempo para ayudar a todas estas personas y, además, rezar, la religiosa señala: “De verdad que mi día no tiene 30 horas (se ríe), pero es lo único que tengo que hacer, ya que estoy jubilada desde hace siete años. Mi vocación es ayudar a los demás”.

Y concluye pidiendo un deseo: “Quitaría la droga y las empresas que la fabrican. También cambiaría esta sociedad tan ingrata que se aprovecha de ellos y del mal que causa a los demás”.

Publicado en revista Quién

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