Somos un pueblo que saluda

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En el origen,  la palabra saludar, está doblemente relacionada con salud y con salvación. Saludar quiere significar dar-salud, desear la salud al otro.

Y también con la paz concebida desde la cultura hebrea. Salom es esa palabra que abre la relación con el otro y además  es  sinónimo de bendecir.

 

El saludo tiene una fuerza bienhechora que solamente se realiza cuando la persona que la recibe está abierta a ella. Jesús recomienda a sus discípulos que saluden deseando el salom cuando entran en una casa. Como se consideraba una bendición era muy apreciado.

Las cartas de los apóstoles comienzan formulas de saludo. En la Carta de San Judas, se lee:” Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, saluda a los que Dios el Padre ama y ha llamado, los cuales son protegidos por Jesucristo. Reciban ustedes abundancia de misericordia, paz y amor”.

 

Nuestra liturgia ha heredado de la cultura hebrea  las palabras y los gestos de saludar.

 

En la Misa, al comienzo el presidente expresa, por ejemplo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” A lo que el pueblo responde: “Y con tu espíritu”.

 

Con igual sentido durante la celebración se intercambian breves diálogos.

 

El saludo de paz antes de la comunión, restablecido por la reforma litúrgica en la forma en que lo practicamos actualmente, es signo de pertenecer a una comunidad reconciliada (y reconciliadora).

 

Adquiere particular fuerza cuando el presidente, haciendo uso de la creatividad litúrgica querida por el mismo Concilio Vaticano II, exhorta a los participantes a abrazar en el que está cerca a aquel  con el  que desean reconciliarse y no pueden por circunstancias difíciles. Esta práctica era habitual en el entonces obispo Jorge Bergoglio. Este pedido tenía miles de destinatarios porque era habitual su participación  en las fiestas patronales de la arquidiócesis.

 

Es así como de este beso de paz puede convertirse en una reconciliación “desde el corazón”, que alguna vez podrá ser efectiva si se hace un camino en la vida real. Es una invitación a sanar heridas desde la Eucaristía.

 

El saludo de despedida a veces contiene una monición que exhorta a los participantes, a considerar que la misa no ha concluido, que sigue sobre el mundo. Cada uno al recibir la bendición del Altísimo es destinado por el envío, a ser una bendición para los demás.

 

Restauración del saludo cotidiano:

 

Cuando uno contempla a  las hormigas, percibe  que, al encontrarse se saludan, a su manera, o por lo menos se re-conocen.

 

Lamentablemente en la actualidad, parecería que el saludo una pieza de museo. Por eso cuando el presidente abre la celebración con un “buenos días” y al retirarse se despide de  los participantes en la puerta del templo, con la cordialidad y el afecto de un amigo, está reinstalando una buena cuota de  cortesía en el seno de la sociedad.  Nos acecha  la tentación de  la insolencia, la grosería y el individualismo.

 

No olvidemos que en esta cultura, tan llena de contrasignos, la reunión eucarística suele ser, para muchos, la única oportunidad para relacionarse socialmente con “otra gente”.

 

Despedirnos sin apuro habla de entrega gratuita.

Despedirnos con una sonrisa habla de la alegría de nuestro mensaje.

Despedirnos con un breve diálogo habla de cercanía, de acogida, de fraternidad.

 

MCJ

 

 

Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

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