Setenta veces siete – Una reflexión sobre el perdón desde la mirada del Evangelio

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Alguna de estas situaciones me han impedido ofrecer el perdón a quien me hizo una ofensa:

 

  • No perdono porque si lo hago le estoy haciendo un favor al “otro”
  • No perdono porque si lo hago estoy justificando al “otro”.
  • No perdono porque no puedo olvidar la ofensa del “otro”.
  • No perdono porque no puedo volver a las relaciones que tenía con el “otro” antes de su ofensa
  • No perdono hasta que el “otro” se arrepienta y me pida disculpas .

¿Qué es perdonar? El perdón es fundamentalmente una decisión personal. Por eso nace de la voluntad, de la razón, de la inteligencia….Lleva un largo camino lograr que se instale en el corazón y se convierta en un sentimiento.

Un camino de perdón

Uno de los conflictos más frecuentes en que se encuentran los cristianos que procuran vivir con cierta coherencia el Evangelio, es la dificultad para perdonar. Y no es para menos. No es posible hacerse el distraído ante todas las invitaciones de Jesús a perdonar. La pregunta de Pedro para intentar “zafar” terminó mal. “no siete, sino stenta veces siete”. Aquella referencia al culto “si vas a depositar tu ofrenda y tu hermano tiene algo contra de ti, ve y reconciliate con tu hermano”…Además en el Padrenuestro Jesús condiciona de alguna manera nuestor perdón por parte del Padre. No: es imposible ignorar la obligación de perdonar. Pero también admitamos cuan difícil es poner en práctica ese mandato. Y si no, la sabiduría popular no hubiera acuñado el dicho: “errar es humano, perdonar es divino”. Con lo cual se concluye que sin cierta ayuda del cielo nos es imposible practicar el perdón. Por eso en el incio de todo camino de reconciliación está el reconocimiento de nuestros límites. No podemos engañarnos. Del aceptarnos tal cual somos nace el aceptar nuestra debilidad, nuestra flaqueza… El decirle sinceramente a Dios en la oración:”Señor, yo no puedo perdonar, soy muy pobre…Ayúdame a cambiar mi corazón…Esta actitud que nace de la inteligencia, del conocimiento de una verdad que deseamos poner en práctica pero que se nos escapa, es un comienzo de salud espiritual, de pacificación interior. La actitud opuesta nos enferma y a menudo la encontramos si no en nosotros mismos en gente que nos rodea. El masticar y rumiar resentimientos, el vivir recordando la afrenta reinstala sentimientos enfermizos y enfermantes. Por eso el primer escalón de un camino de perdón es reconocer que han apoderado de nuestos sentimientos. Y que solos   no podemos …Por eso miremos en nuestro interior… Aceptemos nuestra realidad diciendo con San Francisco de Asís   Lo que se es ante Dios eso se es y no más”

La oración confiada a la larga da sus frutos. Solamente tenemos una base: la voluntad. El Señor lo que ve y auxilia con su gracia es la voluntad de perdonar más que el sentimiento de perdón. Esa experiencia “sentimental” si perseveramos en la oración, tarde o temprano llegará. Pero no es lo más importante. Lo importante es la decisión de perdonar, el querer perdonar.

A veces se da una situación viciada de amor propio, de soberbia revestida de humildad: “no me perdono a mi mismo por no perdonar”. Hace poco un cristiano, de esos que calificamos de “comprometidos” confesaba que se había apartado de la Eucaristía por no poder perdonar . Objetivamente estaba cumpliendo con la letra del Evangelio. Hasta su confesor lo había exhortado a acercarse a la Eucaristía. Sin embargo él se negaba aduciendo que no estaba cumpliendo con el Evangelio… Este ejemplo es una muestra de cómo a veces nos castigamos innecesariamente. Al no aceptarnos a nosotros mismos con nuestras límitaciones y asumiendo nuestros sentimientos, nos castigamos inútimente. Lo más sano es pedir en la oración el poder perdonar y por los que nos ha hecho algún daño. San Francisco rogaba : …”Lo que no perdonamos, haz que plenamente lo perdonemos”…

A veces nos ofendemos por muy poca cosa, por pequeñeces. San Francisco lo comentaba de esta manera: “hay hermanos que son capaces de llevar cilicio, y mortificarse con duras penas exteriores, pero una sola palabra descomedida, les quita la paz”. Por un lado no soportan la más mínima molestia, todo les parece algo tramado en su contra, son muy susceptibles ante cualquier comentario, o desliz desafortuando de sus hermanos. Pero por el otor lado, ellos nunca le han fallado a nadie, nunca han avergonzado a nadie con sus dichos, nunca han herido a ningún compañero. Por eso es bueno utilizar estas actitudes para preguntarnos por las nuestras. Cuando alguien “supuestamente” nos ofende, ¿por qué no preguntarnos si nosotros también hemos hecho daño a otros? Esta forma de cuestionarnos nos lleva a sentirnos molestos por asuntos de real importancia. De esta manera estaremos practicando aquello de “no ver la paja en el ojo ajeno sino la viga   en el propio”.

Relacionado con lo anterior está el reconocimiento de que muchas veces el ofensor no tiene cabal conciencia del daño que hace. Tal vez si lo tuviera jamás habría procedido en la forma en que lo hizo. Considerar la frase de Jesús en la cruz “¡Señor, perdónalos no saben lo que hacen!” nos ayuda a desarmarnos. Nosotros, por más buenas intenciones que tengamos, sabemos que a menudo hacemos daño sin darnos cuenta. Y para ejemplo está los padres con sus hijos. ¿Qué padre ó madre admitirá haber hecho mal sus deberes de papá o mamá? Y sin embargo los psicologos dan cuenta de dos realidades igualmente válidas: por un lado la cantidad de traumas que los padres y madres desarrollan en sus hijos…Pero por el otro la causa no es la perversidad sino la ignorancia..¡Ellos tampoco no saben lo que hacen!

Perdonar es un acto libre y personal. No puede ser el resultado de una coacción o de un chantaje. Mucho menos de presiones…. Para reconciliarnos debemos tener una charla con nuestra conciencia …La propuesta de Jesús se hace más fácil cuando nos reconocemos pobres, necesitados…Cuando aceptamos nuestra pequeñez y buscamos en la oración el remedio para nuestra insignificancia, entonces el camino se hace más fácil. Empiezo por perdonarme a mi mismo…Aceptando mis flaquezas es más facil que consiga perdonar las de los otros. Perdonandonos a nosotros mismos perdonamos a los demás y alcanzamos el perdón.Se nos dijo: ama al prójimo como a ti mismo. Cabría añadir perdona al prójimo como a ti mismo o perdónate a ti mismo en el prójimo. El primero en rebajarse en su dignidad es el ofensor no el ofendido.

Ojalá siempre podamos ofrecer sinceramente el perdón

 

Cecilia Jaurrieta, ofs

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Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

Mensaje de Pascua del General de los Menores.

Una oración de Domingo.