San Leopoldo Mandic el hacedor de reconciliaciones.

Francisco abraza a Kirill hace unos días en La Habana

San Leopoldo Mandic

Un solo rebaño

Francisco abraza a Kirill hace unos días en La Habana
Francisco abraza a Kirill hace unos días en La Habana

La foto del Obispo de Roma, Francisco junto al Patriarca de la Ortodoxia rusa, Cirilo merece un retoque con photoshop. Entre los dos dignatarios sentados y sonriendo placidamente habría que incrustar una imagen de san Leopoldo Mandic. Tendria que aparecer bendiciendo, con la misma mano que extendió miles de veces ante sus penitentes para reconciliarlos con Dios. Los creyentes nos imaginamos que seguramente habrá estado presente de alguna manera inaccesible para los sentidos, pero real. Tanto como la de la excelsa Madre de Dios a quien el santo de Castelnovo habia encomendado su pasión por la re-unión con los cristianos orientales.

Leopoldo sintió desde muy joven el dolor por la separación de los cristianos orientales. Y soñó con ser misionero de la unidad. Para ello se preparó con el estudio de las lenguas que se hablan en esas tierras: el serbio, el croata, el griego.  Un anhelo tan ferviente se frustró debido a su precaria salud. Sin embargo se ofreció como “alma victima” para arrancar del Señor el milagro de la reconciliación. Así lo expresaba: “Yo tengo siempre al Oriente ante mis ojos, y siento que el Señor me invita a celebrar los santos misterios, para que a su tiempo se realice la gran promesa:”Un solo rebaño y un solo pastor”. Y en la Misa Cristo ora por medio de nosotros, sus ministros, y sabemos por su divina palabra que el Padre celestial siempre escucha su oración. Entonces llegará infaliblemente la unión. Por ende es mi deber colaborar…La Virgen Santísima, de la que aquellos pueblos son devotísimos, tiene  y tendrá especialísimo cuidado de ellos y les obtendrá el don de la verdadera fe. Y ya que todo bien nos viene de la oración, el que ora por este fin llegará a ser ministro e instrumento de la Divina Providencia y a la vez ministro e instrumento del corazón materno de la Virgen”.

 

San Leopoldo llega al Vaticano, junto al Padre Pio, por el Jubileo de la Misericordia
San Leopoldo llega al Vaticano, junto al Padre Pio, por el Jubileo de la Misericordia

Algunos trazos biográficos

El 12 de mayo de 1866 nace Bogan Mandic en la ciudad de Herceg Novi nombre croata de Castelnovo, en el extremo sur de la Dalmacia, lindante con Montenegro. El entorno geográfico, un crisol de naciones a menudo en conflictos cruentos en los cuales muchas veces se entrecruzan los motivos religiosos con los políticos. Los Balcanes albergan a eslovenos y croatas, católicos; a serbios y montenegrinos, ortodoxos y a bosnios, musulmanes.

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Bogdan o Adeodato, fue el hijo número doce de una familia sumamente piadosa. Su padre Pedro lo llevaba a misa diariamente. A su madre Caterina Zarevich confesó, alguna vez, que “le debía todo lo que había llegado a ser”.  Nobles venidos a menos  le legaron a sus hijos una piedad coherente con los valores evangélicos.

A los dieciséis años Picio ingresar en el convento capuchino de Udine, en donde completo su formación franciscana. El 20 de octubre de 1888 tuvo lugar su profesión solemne en Padua. Para entonces ya era fray Leopoldo

Cuando fue ordenado sacerdote en 1890 sus padres le escriben: “¡Sea bendito y agradecido siempre el Dador de todo bien, que finalmente cumplió tus deseos y nos dio a nosotros la gracia y la consolación de tener un hijo mediador entre el cielo y la tierra! Si, querido hijo, cuando subas al santo altar, y tengas entre tus manos al Cordero inmaculado de Dios, acuérdate de tus padres, hermanos, hermanas y parientes. Nosotros uniremos nuestras débiles preces a tus fervorosos y ardientes suspiros, para que el Señor se digne derramar sobre ti y sobre nosotros, sus copiosísimas bendiciones.”

Desde su ordenación hasta horas antes de su muerte, fray Leopoldo se dedicó al ministerio de la reconciliación. Pablo VI lo llamó “mártir del confesionario”.

Su disposición a ser instrumento de la Misericordia fue  parte de su servicio como sacerdote. Sin embargo fue el  destino al que lo orientaron sus superiores en el discernimiento de sus talentos y fragilidades.

Y es que el santo capuchino, el más exiguo en altura del santoral, también carecía de buena salud. Además, algún tipo de dificultad expresiva lo excluía de la predicación. Sin embargo fue un extraordinario confesor. Pasaba horas y horas atendiendo a sus penitentes. Todos saben que su celda confesionario se salvò de un bombardeo en la segunda guerra tal como lo había predicho en vida. Apareció intacta junto a una imagen de la Virgen en medio de los escombros del convento.

El 30 de julio de 1942 mientras se preparaba para celebrar la Misa fallecía luego de soportar la evolución de un cáncer de esófago.

La vida como testamento

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Monseñor Santiago Gianesini sintetizo el don que el Señor hizo a la Iglesia en san Leopoldo en el sermón fúnebre: “El Padre Leopoldo no ocupó puestos eminentes en su orden, pero tuvo y tiene un lugar preeminente en miles de corazones de hijos espirituales. No dejó obras y volúmenes al servicio de los doctos, pero escribió con caracteres indelebles en numerosas almas, sedientas de luz y de justicia, sentencias y recuerdos que nunca se olvidarán. No conmovió a las multitudes con la facilidad y elocuencia de los grandes oradores, pero dirigió a millares de almas, con sencillez evangélica, palabras de bondad, de resurrección y de perdón. No fue fundador de obras benéficas; pero como el buen samaritano del Evangelio, esparció a manos llenas en los corazones, heridos por los sufrimientos físicos y morales, el aceite y el vino de la caridad cristiana. Alivió heridas, hizo resplandecer en muchas mentes oscurecidas por el error y la duda, el sol de la verdad. No tenía el encanto de dotes exteriores, pero tenía la fascinación de la bondad, de la virtud, de la santidad”…

Los santos son una galería llena de sorpresas edificantes. La gracia de Dios es capaz de trascender la fragilidad humana, tanto la física como la espiritual. La vida de san Leopoldo nos interpela porque que nos vuelve a contar la alegoría de un Dios alfarero: “Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de Israel.” Jeremías 18,6

Cecilia Jaurrieta, ofs.

Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

Via Crucis de la Mujer Golpeada.

Primera predica de Cuaresma de fray Cantalamessa