¿Qué quieres que te diga?

Por Manuel Romero, TOR

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Hoy la historia es bien sencilla y bien real. En ella todos nos encontramos.

Un hombre tiene dos hijos y envía a su campo a uno tras de otro. No sabemos si se tomaron mucho tiempo para responder pero el hecho es que cada uno le responde de manera diferente: El que dice no, va. Y el que dice sí, no va. Las respuestas reflejan el carácter distinto de cada hermano y ponen de manifiesto -aún teniendo la misma sangre- que hay un ruptura entre el hablar y el actuar.  Que no hay congruencia entre lo que se dice y lo que al final se acaba haciendo.

Jesús comienza primero por el hijo que dijo que “no” y que luego se arrepiente. Decir “no” es sencillo cuando no queremos complicarnos la existencia y preferimos encargarnos de lo nuestro. En algunos momentos pronunciamos ese “no” cuando consideramos que el encargo excede nuestras fuerzas o capacidades. A ninguno nos gusta decir no de entrada a las propuestas de los otros; o que los demás nos respondan con un no. Sin embargo fue éste el que cumplió los deseos del padre. Y dice el profeta que cuando uno “se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo se salva”.

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Y continúa con el hijo que directamente acepta ir a la viña, pero no va. Ha quedado bien delante del padre pero no se compromete. Lo piensa después. Por lo que su respuesta es la de un inconsciente que no calcula ni las fuerzas ni las ganas y no cumple los deseos del padre.

Ninguno de los dos son hombres “de palabra”. Cambian de parecer tras afirmar o negar. Eso ha ocurrido siempre. Jesús conocía bien a aquellos sacerdotes y ancianos, a cada uno de sus discípulos y a nosotros. Como nuestra madre nos conoce y sabe de nuestro “pronto” y nuestra “retirada”, así el Señor sabe de nuestra fragilidad. ¡Y no se asusta!

Como ellos, yo necesito de Dios para que mantenerme en pie en medio de mi inconsistencia. Para remontar cuando quiero ser de los que dicen sí a la primera o me descubro pronunciando un no. Me consuela saber que Jesús pasó por mi humanidad -lo recuerda la carta a los Filipenses- para conocer mi incapacidad y reconocer mi “síes” y mis “noes”. Al final, ¿qué quieres que te diga?

Via LCDLP

Señor, enséñame tus caminos.

Por delante de nosotros