Proyección social de la Regla de la OFS. La Fraternidad.

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Había una vez.

Había una vez una orden constituida por laicos de toda condición social que se enamoraron del ideal evangélico propuesto por san Francisco de Asís. Reunidos en fraternidades, muchos en fructífera relación con los hermanos frailes dieron respuesta a infinidad de problemas sociales. Así fue que en su época, con creatividad y eficacia dieron respuesta a necesidades humanas básicas como la salud, la educación, la asistencia a los pobres, a los inmigrantes, a la mujer esclavizada por la prostituciòn, a los niños abandonados y huérfanos. Difícilmente haya habido una carencia que la creatividad franciscana de los seglares no haya tratado de remediar, sea en forma comunitaria, sea como acción individual.

 

Para muestra dos ejemplos el hermano Pedro de Betancourt en la Guatemala del siglo XVII y el buen León Harmel patrón de fábrica en la Francia del siglo XIX.

 

El entusiasmo del Hermano Pedro contagio a muchos seglares  sus deseos de ayudar a los convalecientes de los hospitales para los cuales no había proyectos ni espacios. Para dar una respuesta más eficiente fundo la Orden de los Betlemitas que se extendió rápidamente por toda América superando con creces sus expectativas más ambiciosas.

León Harmel también terciario franciscano, heredó de su padre una fábrica textil. Padre de ocho hijos traslado los ideales de fraternidad a su empresa. Ardientemente deseó  que su fábrica fuera una familia. Bregó incansablemente por la dignidad de los obreros a través de  su educación y la de sus hijos, velando por su salud y ayudándolos a mejorar sus viviendas. Su proyecto social influyo en el pensamiento de León XIII quien veía en  la Tercer Orden un factor de reconciliaciòn social en plena época de la difusión de la lucha de clases.

 

Los desafíos de la actualidad    

 

La organización de la salud, la educación, la seguridad social ha sido asumida por el Estado en la mayoría de las sociedades occidentales. Sin entrar en consideraciones acerca de la calidad de los servicios que brindan las administraciones a nadie se le ocurriría hoy organizar aquellos servicios promovidos antaño por la Tercer Orden, salvo casos de extrema necesidad. Hemos visto cómo, a veces, la ayuda se organiza para dar el primer paso de una tarea asistencial ante una demanda real. Luego el esfuerzo caritativo se transfiere al Estado que se hace cargo en forma permanente.

 

En estos tiempos la luz que hoy debería proyectar nuestro carisma debería estar dirigida hacia la realización de objetivos humanos muy ambiciosos que no tienen quien los encarne en forma concreta.

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La concordia fruto de la fraternidad

Las fraternidades franciscanas seglares postconciliares  muestran  realidades locales muy diversas. Algunas no han podido superar su estado de cofradía piadosa. En el extremo opuesto otras han profundizado en lo que podemos describir como “cultura del encuentro”. En ellas se vive el espíritu de familia, hay contacto humano, hay liturgia y oración, se vive la solidaridad entre sus miembros. En una palabra se trata de conseguir ser “signo visible de la Iglesia, que es ante todo comunidad de amor” Regla Art. 22

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A diferencia de otras espiritualidades laicales, el encuentro entre hermanos es promovido, estimulado, querido. Y de ese intercambio que se produce, no sin tensiones, como en cualquier familia, surge espontáneamente la semilla de la amistad social.

Por escasos que sean los vínculos fraternos la mera convivencia entre hombres y mujeres de distinta edad y profesión ayuda a comprender la vida del otro y a trasladar esa comprensión al medio social en que se desenvuelve la vida del hermano todos los dìas. Así el obrero entenderá como piensa el patrón, el profesor al alumno, la madre de familia a la soltera, el entrado en años al joven, y viceversa. La fraternidad amplia los limites de la comprensión por los semejantes. Es un ejercicio de la concordia.

 

La sanación por la aceptación de la diversidad.

Existen tres grupos “malqueridos” por la sociedad consumista en que estamos inmersos. Están formados por personas fácilmente identificables: son las personas de edad, los que padecen alguna discapacidad y los enfermos psiquiátricos leves. Las políticas  de salud solamente proponen, para mejorar su calidad de vida, dispositivos en donde se vinculan con pares. Así a los ancianos se los direcciona hacia clubes de ancianos. A los discapacitados y enfermos psiquiátricos leves se los deriva a hogares de día donde se encontraran con personas que se encuentran en idéntica condición. El resultado esta a la vista de quien quiera verlo. Lejos de mejorar muchos de ellos caen en profundas depresiones, sus vidas se les vuelven grises, sin sentido, y solamente sobreviven.

Los responsables de la salud mental proponen la desmanicomizacion de los hospitales psiquiátricos a una sociedad mas replegada en si misma, mas materialista, mas indiferente. Si los tratamientos  psiquiátricos se orientan a ser ambulatorios ¿Quién recibirá a esos nuevos parias? No hacen falta paredes para construir ghettos. Los ghettos están en nuestro corazón.

Las fraternidades franciscanas seglares harían un gran aporte a la cultura en la que estamos inmersos si pudieran “abrir el corazón” a todas estos hermanos a quienes todos evitan y nadie presta atención. ¡Que bien les haríamos a ellos y a sus familiares!

Y si no estamos dispuestos a dejarlos entrar en nuestras fraternidades por las formalidades jurídicas ¿Por qué no crear espacios de encuentro en donde se conversa, se mira una película, se escucha música se comparte una comida o una excursión?

 

La fraternidad como experiencia de sanación.

La Iglesia esta llamada a ser un Jesús que camina por la historia. Anunciando la salvación en palabras y gestos. Sanando como el Maestro. Y la fraternidad franciscana local es una porción de esa Iglesia, que es ante todo “comunidad de amor”.

¡Que bueno es conocer hermanos! Servirlos como Jesús lo haría. Ayudarlos para que sus vidas tengan un sentido. Porque lo que sana es la diversidad. Lo que sana es el amor desinteresado. 

Ojala cada fraternidad se abriera al mundo cercano y proclamara con palabras y gestos: “Vengan a nosotros todos aquellos que se encuentran afligidos y agobiados  que  aquí encontraran una familia”

 

Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

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