Palabras, palabras, palabras…

Medios que deforman.

El lenguaje cotidiano y el lenguaje de los medios

En la vida cotidiana nos permitimos utilizar vocablos que no son adecuados cuando se habla en público. Más aun cuando se ejerce una función educativa o religiosa. No se espera que un pastor o un docente o un médico, “hablen mal”. O que transgredan elementales normas de cortesía y buenos modales.

Sin embargo, en muchos grupos sociales prevalece la comunicación vulgar, en donde abunda la grosería. A esa cultura del lenguaje cloacal han contribuido los medios de comunicación generando un círculo perversamente virtuoso.

Salvo honrosas excepciones se habla en los medios como en la calle. Los comunicadores pretenden ser populares y auténticos al expresarse como lo hace la gente. Y la gente si ya hablaba mal termina confirmando su estilo verbal con la “pedagogía” mediática.

 

La lengua como instrumento de la banalización, la discordia y la violencia.

Con palabras construimos y destruimos. Con palabras podemos edificar una cultura virtuosa o contribuir a la fractura social. Con razón el apóstol Santiago expresaba haciéndose eco de la más genuina tradición judía:” También la lengua es fuego, todo un mundo de iniquidad. En efecto, la lengua que es uno de nuestros miembros, puede contaminar todo el cuerpo, y encendida por la gehenna, puede prender fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos” Santiago 3,6

Antaño una buena practica ascética consistía en contemplar los errores y pecados del prójimo para no imitarlos. Como espejo donde mirarnos para examinar nuestras intervenciones verbales allí están los comunicadores de la radio y televisión, sus ocasionales invitados y panelistas. Uno tiene la impresión de que con toda invención se busca profundizar lo que nos separa como pueblo en vez de tratar de promover aquellos valores que nos unen.

 

Incontinencia verbal: Hablar por hablar, solo por llenar el vacío del silencio. Un ejemplo son las mesas de análisis deportivos. Se dilapida palabrería sobre lo que podría pasar antes de un partido. Con idéntica verborragia se analiza lo que sucedió después. ¡Cuánta saliva derrochada! Y tantos otros comentaristas y opinólogos de todo tipo. Habría que recordar aquellos proverbios orientales: “No hables si tus palabras no pueden mejorar el silencio”.

Muchas veces la secuencia de palabras lleva sin querer a decir una tontería o algo que no se puede remediar. “El que mucha habla, mucha yerra/quien modera sus labios es sabio”. Proverbios 10.19

 

La grosería cotidiana Hemos naturalizado la grosería que descalifica. Expresada por detrás del aludido.¡Qué  mal podemos quedar! Sin perjuicio del mal que ya habremos hecho si el interesado se entera.

El poder que da el medio muestra tanto la cobardía y la hipocresía del emisor: muy probablemente no diría las mismas palabras si tuviera enfrente al descalificado.

Si supiéramos como este estilo afecta la conducta de los niños y adolescentes apagaríamos la televisión con más frecuencia. Si no actuamos protegiendo a los niños, no debemos lamentar que en el futuro nos hablen de esa forma. “Quien controla su boca protege su vida” …” Mente sabia perfecciona la boca y añade convicción a sus palabras. Las palabras amables son un panal de miel: endulzan el alma y tonifican el cuerpo”. Proverbios 13,3-16,23-24

 

Palabras agresivas que inician la violencia De la grosería a la agresividad verbal hay un limite muy delgado. Vivimos crispados con una excesiva sensibilidad y reaccionamos sin intentar siquiera contar hasta diez. Muchas veces la escalada verbal expresión de la ira termina en agresiones físicas y en homicidios. “No digáis palabras que puedan herir; sino las que sean oportunas para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que los escuchen…Que desaparezca de entre vosotros cualquier clase de amargura, ira, cólera, gritos, maledicencia y maldad” Efesios 4,29.31

La ironía es una forma sutil de agresividad que también se ha naturalizado. No sin razón el filosofo expresó: “La ironía cosecha victorias efímeras y odios permanentes”

 

Hablar sin veracidad. Los medios detentan un poder muy grande al difundir información que el público “compra” mansamente sin poder verificar. A veces se dicen medias verdades con la selección oportuna de aquella parte que conviene para sostener los argumentos que se quiere fundamentar. Mucho tiempo pasa hasta que nos enteramos de las falsedades de muchas noticias.

En el diario vivir debemos tratar de ser veraces, en hablar con conocimiento cabal de los temas que tratamos para no difundir errores, en verificar los dichos que pasan por nuestros labios. Es muy triste ser participes necesarios de la mentira.

El paso inmediato a este tipo de actitud es la colaboración activa o pasiva con la difamación y la calumnia. O la simple difusión de opiniones que alimentan los prejuicios y colocan muros de separación entre las personas.

Difamar es decir algo cierto de alguien pero que no es necesario revelar porque seguramente afecta su buen honor, su fama, su credibilidad.

Calumniar en cambio es directamente mentir acerca de alguien con idénticos resultados Los hemos naturalizado tanto que ya no recordamos que pertenecen a los Diez Mandamientos. “No levantar falso testimonio ni mentir.”

 

Analizar actitudes, inventar motivaciones Otro de los espectáculos lamentables que nos proporcionan los medios es el de tomar hechos y analizarlos hasta el cansancio con la ayuda de panelistas de distintas profesiones. Los debates mediáticos retroalimentan la cultura de la peluquería o la sala de profesores, ámbitos privilegiados donde se analiza la conducta de los demás y en donde abunda el deporte de “sacar el cuero”. Los opinólogos profesionales o amateur de los medios confirman nuestras propias prácticas cotidianas. Todos estamos tentados a practicar la interpretación libre de todo. Existen a menudo miles de razones o explicaciones de la conducta humana. A menudo lo que vemos es una simple proyección de nuestras miserias cotidianas.” Os digo que los hombres darán cuenta día del Juicio de toda palabra ociosa que pronuncien, porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado” Mateo 12,36-37

 

Hablar sin que el aludido pueda defenderse. Muchas de las actitudes anteriormente descritas nos deberían alertar sobre que no se puede hablar de nadie que no tenga oportunidad de defenderse. En los medios de comunicación el derecho a réplica es la excepción y no la regla. San Francisco de Asís comenta acerca de esta debilidad: “Bienaventurado el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con caridad delante de él.

Enviar mensajes para que el chismoso de turno informe al interesado: En la misma línea a menudo en los programas radiales o televisivos se disparan mensajes a un auditorio vasto con el resultado de que el interesado se entera por ellos de alguna noticia que lo afecta personalmente. A veces son trivialidades, pero en otras oportunidades asuntos serios no se informan por las vías que corresponden sino por el “circo mediático”. ¡Que feo es enterarse que lo han desvinculado de una empresa por terceros! ¡Y cuántas veces un funcionario se entera por los medios de algo importante que lo afecta sin que nadie se lo haya comunicado personalmente! ¿No pasa lo mismo en nuestras familias y comunidades? En el fondo subyace la actitud cobarde. Todos aspiramos a que hasta peor de la noticia se nos la diga en forma personal. “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos. En esto consiste la Ley y los Profetas” Mateo 7,12

¿Construimos una cultura diferente?

En nuestras comunidades muchas veces reproducimos las actitudes que proponen los medios. Nos olvidamos que la paz y la concordia comienzan con el arte de la buena comunicación. Todas estas desviaciones contribuyen al crecimiento de la discordia, una infección temible que afecta a nuestra sociedad.

Si pusiéramos en funcionamiento la condena social e interrumpiéramos la cadena del mal uso de las palabras ¡qué bien haríamos! No cuesta nada comenzar desde nuestras familias y comunidades. Tenemos que tener en cuenta de que somos “dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras”. Lo que expresamos a través de los labios “dice” mucho de la salud de nuestro corazón.

“El hombre bueno saca cosas buenas del tesoro bueno de su corazón; el malo saca lo malo de la maldad. Porque de la abundancia del corazón hablan los labios.” Lucas 6,45

 

Marìa Cecilia Jaurrieta ofs

Espaciojuan23@gmail.com

Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

Estad en vela.

Una novena eco-teológica y franciscana para Navidad. Día 1