Oportunidad perdida

Por Manuel Romero, tor

Lo que viene tras la denuncia de Juan, en el desierto, no es una revolución sino una conversión. 

Juan había denunciado las injusticias cometidas por las clases dirigentes vendidas al poder extranjero, la ineficacia de la realeza judía, la falsedad del comportamiento fariseo, la violencia de las acciones saduceas… Juan no dejó títere con cabeza. Pero, ciertamente, su objetivo nunca fue sublevar a las clases populares, sino poner la Ley de Dios en los corazones. El efecto producido por su predicación fue el inicio de la misión de Jesús, pero también su silencio en la cárcel. Removió el modo de vida a la vez que se mostró como un loco; como una caña cascada.

Los discípulos de Juan tenían a la gente de su lado, un mártir entre rejas y la posibilidad de comenzar un sublevación. Se acercan a Jesús para que les lidere en ausencia de Juan: “¿Eres tú o hemos de esperar a otro?”

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La respuesta de Jesús, el carpintero galileo, les sorprende. ¡Como sorprende aún a muchos! Retira la mirada de la revolución social para mirar la necesidad de cada persona. Y, entre ellas, las que no cuentan para liderar ninguna revuelta: ciegos, inválidos, leprosos, sordos, muertos y pobres. Baja la temperatura del movimiento iniciado por Juan para hacerles comprender que el Reino de Dios comienza por las personas, para llegar a las estructuras. Un Reino que comienza con la conversión de los corazones y que revaloriza a cualquier ciudadano para reconocerle como hijo de Dios. Y les corrige, clausurando la misión de Juan dentro del antiguo profetismo judío.

Jesús toma el relevo de Juan para salvar a la humanidad de sí misma mediante el amor. Ciertamente, para algunos -todavía hoy- una oportunidad perdida.

Via LCDLP

Los ciegos ven…

Alégrate llena de Gracia