Obligación de hacer el mal. Nuevo totalitarismo y católicos distraídos.

La aprobación definitiva en Francia de la ley que penalizará a quien intente, a través de internet, disuadir a las mujeres de abortar es un nuevo signo de que el umbral del totalitarismo ha sido superado. Este umbral ha sido superado cuando el Estado no sólo permite el mal, sino que obliga a hacerlo y considera un crimen hacer el bien; cuando no sólo admite por ley desviaciones del derecho natural sino que las impone, obligando a un derecho innatural; y cuando se convierten en no negociables los principios contrarios a los no negociables.

Todos ven que este umbral ha sido ya superado en muchos casos. Ha sido superado cuando, por ejemplo, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos obligó a todos los estados federales a aceptar por ley el matrimonio entre personas homosexuales. O cuando el Parlamento francés aprobó la ley Taubira acerca del “matrimonio para todos” sin conceder la objeción de conciencia a los alcaldes. Lo hemos visto cuando en Italia se aprobó la ley Cirinnà sobre las uniones civiles. A partir de este momento, de hecho, cualquier política familiar beneficia siempre a las uniones civiles. El resultado es, por consiguiente, que ninguna administración pública puede eximirse de hacer el mal: todas están obligadas a hacerlo. En Italia ha sido recientemente obligada cuando el Hospital San Camilo de Roma convocó unas oposiciones sólo para médicos abortistas.

Hace tiempo que hemos emprendido este camino. En la historia las cosas pueden cambiar. Pero esto no nos exime de valorar las tendencias en marcha que, desde este punto de vista, son muy preocupantes. Admitamos que se aprueban las proyectos de ley que se han presentado en el Parlamento italiano. El resultado sería un Estado que impone hacer el mal: a los periodistas, los docentes, los funcionarios, los médicos, los farmacéuticos, al personal sanitario… Pensemos, por ejemplo, en el proyecto de ley sobre la eutanasia actualmente en discusión en el Parlamento italiano. El médico estaría obligado a respetar las disposiciones anticipadas de tratamiento del paciente aunque éste, entretanto, haya cambiado de idea o él mismo, el médico, sea éticamente contrario. Estaremos obligados a matar, a deseducar a nuestros jóvenes en las escuelas, a presentar automáticamente la homosexualidad como algo normal.

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Estaremos obligados. Nos obligarán nuestro Estado, la Unión Europea y los organismos internacionales. Hace unos días el Parlamento europeo solicitó aumentar la financiación del aborto en el mundo para compensar los cortes de la nueva administración americana.

Miremos a nuestro alrededor: no hay una gran toma de conciencia de la situación. ¿Verdaderamente creemos que se puede afrontar esta situación sólo con el diálogo? No sabemos si habrá diálogo y cuál será el nivel más allá del cual los católicos dirán que “no”y se eximirán del mismo. ¿Qué umbral hay que superar para que se diga “no” al Estado o “no” a Europa?

Muchos se preguntan qué hacer. Ciertamente lo primero que hay que hacer es volver a lo que se debería haber hecho: comprometerse y luchar por los principios no negociables. Tras el “caso San Camilo” mencionado antes, la actitud general de los católicos ha sido protestar porque de este modo “se desnaturaliza la ley 194”. Así, los católicos han actuado como defensores de la ley que permite el aborto. Hace mucho tiempo que los católicos han dejado de luchar contra esta ley y ahora son sus paladines. Es la lógica del mal menor que pasa factura. Los católicos han cesado también de luchar contra la alteración de la ley 40 sobre la fecundación asistida. Lo mismo para la ley Cirinnà. Pues bien, lo primero que hay que hacer es empezar de nuevo a luchar.

Además de estar “dentro” combatiendo, los católicos deberían también empezar a pensar en construir botes salvavidas y arcas de Noé. Iniciativas y obras -sobre todo escuelas lo primero- libres porque viven fuera del ámbito del Estado. Como hicieron después de la Unidad de Italia, pero con formas nuevas. Si la obligación de hacer el mal se convierte en institucional, es necesario salir lo más posible de las instituciones.

Stefano Fontana

Via Observatorio Van Thuan

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