Novena a San Francisco. Dia 8: Conversión.

Saludo
¡Te adoramos Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa cruz, redimiste al mundo!

Oración al comienzo
iOh grande y glorioso Dios! Ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza firme y amor perfecto.
Infúndeme, Señor, inteligencia para que cumpla tu santa y divina voluntad.

“El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres y confiándonos la palabra de la reconciliación “… “Por eso les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios ” 2 Corintios 5.17-19.20

Quien anda en el seguimiento de Jesús en una opción total y definitiva que comprometa toda su existencia puede ir reflejando su rostro cada vez con mayor nitidez. Esa es la conversión. La gracia que nos permite dar a luz a la “nueva criatura”.
Lo importante es ponerse en camino, con decisión y autenticidad. El sacramento de la reconciliación es el remanso que nos permite recrear nuestra vida en el abrazo misericordioso del Padre. Precisamente Francisco es central: la reconciliación con Dios es el origen del vivir reconciliados entre los hermanos. Su fruto más exquisito, la misericordia.

“Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales”. Carta a un Ministro

 

Oración al finalizar

Mi Dios y mi Todo
¿Quién eres Tú, mi dulce Señor y Dios? ¿ Y quién soy yo, tu pobre e indigno servidor?

¡Cuánto quisiera amarte, santísimo Señor mío! ¡Cuanto quisiera amarre, dulcísimo Señor mío! ¡Señor y Dios mío!

Te entrego todo mi ser y gustosamente te daría cualquier otra cosa si supiera qué más darte.

Padrenuestro, Ave María, Gloria

Conclusión
El Señor nos bendiga y nos guarde, nos muestre su rostro y tenga piedad de nosotros.
Vuelva a nosotros su rostro, y nos conceda la paz.
El Señor nos bendiga.  Amén.

Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

Por delante de nosotros

Las herejías y el Papa