Navidad, una fiesta para todos.

Chiara Lubich

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En estos días de Navidad, aun en aquellos países en los que dominan los inviernos más crudos, un calor espiritual invade los hogares.

Hay algo en el aire como en ninguna otra época del año: un clima que habla de un acontecimiento. No todos hablan de ello, pero todos lo sienten. Incluso los que no creen en Dios se inventan alguna historia o algún personaje para justificar esa innata exigencia de alegrarse, de disfrutar.

Unas semanas antes, las calles, los comercios y las casas sobre todo de las grandes ciudades, resplandecen de luces y se cubren de colores.

Y después, ya en Navidad, todos los corazones se vuelven más buenos. Los regalos que muchos se intercambian son expresión de ello.
Es una hermosa costumbre.

¿Cómo se podría pensar en un año sin Navidad?
Sin embargo, nos damos cuenta de que algo falta en la sociedad de hoy… incluso en Navidad.

Toda esta exterioridad, hecha de canciones, de adornos, de fiestas, no se ve compensada por una profunda meditación sobre lo que es la Navidad. ¿A quién festejamos en realidad? ¿A nuestros niños? ¿A nosotros mismos? ¿O a quién?

¿No es acaso Jesús -descuidado por la mayoría de la gente, rechazado por el mundo, a menudo olvidado-, el centro, el solo y único centro de esta gran fiesta del año?

Sí, es Él.

Y nosotros queremos que la figura y la contemplación de Jesús emerja por encima de cualquier otra manifestación. Queremos que su nombre resuene por encima de cualquier canto, que su luz brille más que cualquier otra luz externa.
Jesús, el Emmanuel, el «Dios con nosotros», es la explicación de la Navidad.

Sí, porque el Hijo de Dios, espíritu purísimo, tomó nuestra carne hace unos dos mil años, naciendo entre nosotros tan niño como cualquier otro niño.
Y lo ha hecho todo para compartir nuestra existencia: crecer, trabajar como nosotros, fundar la Iglesia, morir por nuestra salvación; y llevarnos así, después de esta vida, a la Vida a la que ha vuelto al ascender al Cielo.

La Navidad habla del amor que Dios nos tiene.

Jesús niño es el regalo más excelso que el Cielo haya hecho a la tierra, a esta minúscula tierra perdida en la inmensidad de los espacios celestes, entre millones de estrellas, y sin embargo predilecta, tan predilecta que se ha transformado en morada del Dios verdadero hecho hombre.

La Navidad nos dice a voces que Dios nos ama, que Dios es Amor.

Y nosotros no somos auténticos cristianos si no le damos su justo significado a la Navidad, si no sabemos extraer de este fascinante misterio, rodeado de tanta exterioridad, la verdad que en sí encierra.
Debemos hacer eco a los ángeles que lo anunciaron a los pastores y no dejar pasar ninguna ocasión para decir a nuestros hermanos, a nuestros amigos, a nuestros compañeros y al mundo entero, que el Amor ha descendido a la tierra por cada uno de nosotros; que en Navidad nadie debe sentirse solo, abandonado, huérfano o desgraciado.

Jesús no ha venido sólo para los blancos o para los negros; ni únicamente para los europeos o para otros pueblos; Dios se ha hecho hombre por toda la humanidad y consiguientemente por cada uno de nosotros.
Por ello es fiesta para todos, gozo para todos, libertad para todos y paz para todos.

Navidad de 1979

Chiara Lubich del libro “Y vuelve la Navidad…”

¿Como seria el nacimiento de Jesús si ocurriese hoy?

DarLo a luz