Meditación de fray Michael Perry, OFM sobre el Perdón de Asís.

Hemos escuchado al apóstol PABLO “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliaos con Dios!” (2 Corintios 5,20) en el corazón del apóstol que nos lanza este deseo de invitarnos a todos a la reconciliación, al perdón, en el nombre de Cristo, porque él mismo se ha sentido obsequiado con este perdón, lo dice claramente “Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo” y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación, de la conciencia de que yo mismo he sido perdonado y reconciliado con Dios nace la capacidad de perdonar y de invitar al perdón y a la misericordia.

Tanto en el corazón grande de San PABLO como en el ánimo de San FRANCISCO encontramos el mismo celo por ser escuchadores de la misericordia. El mismo sentido de esta fiesta, del PERDÓN DE ASÍS, que este año celebramos, es una manifestación de la voluntad de FRANCISCO de ser embajadores de la reconciliación con Dios, él quiere abrazar el mundo entero, y a todas las criaturas en el perdón con Dios. Este deseo profundo de FRANCISCO se expresa perfectamente, con esas palabras que todos conocemos, y que pronunció en la primera celebración del perdón, aquí, en la PORCIÚNCULA “¡Quiero mandaros a todos al paraíso!” Y este deseo de bien y de misericordia universal y que se encuentra en la raíz de esta fiesta que celebramos todos los años, esta voluntad de FRANCISCO de mandarnos a todos al paraíso nace de la sobreabundante misericordia de FRANCISCO que se manifiesta y se vive en la práctica de la indulgencia plenaria, una misericordia plena y sobreabundante, que cancela toda traza de mal en nosotros, y nos hace nuevos, más capaces de seguir al Señor, y de ofrecer misericordia a todos.

 

La misericordia que recibimos de Dios es, precisamente, la fuente de la misericordia misma, que podemos ofrecer a los hermanos y a las hermanas que encontremos en nuestro camino. Quienes conocemos la palabra y los escritos de FRANCISCO sabemos que él usa la palabra “misericordia” en dos sentidos:

 

De una parte, la misericordia es un atributo de Dios, porque Dios mismos es misericordia, y por otra parte la misericordia es el ligamento con que FRANCISCO se relaciona con los demás, como al principio de su conversión, cuando andaba entre leprosos y fue misericordioso con ellos. Como el amor a Dios y al prójimo son el único mandamiento que nos dejó Jesús, así la misericordia con el prójimo de parte de Dios, son la misma manifestación del misterio de amor. FRANCISCO lo sabía, él hizo de su vida un ofrecimiento de misericordia porque fue tocado en profundidad por la misericordia de Dios. FRANCISCO nos enseña de muchas formas cómo usar de la misericordia con nuestros hermanos:

 

En primer lugar con su encuentro con los leprosos, como sabemos, el ejemplo de FRANCISCO nos invita a ponernos nosotros en movimiento al encuentro de los marginados, de los excluidos, como eran los leprosos en aquellos tiempos. Esta tarde deseo que nos preguntemos ¿quiénes son los leprosos hoy? ¿quiénes son aquellos que tienen necesidad de solidaridad porque son marginados en mi ambiente, en mi puesto de trabajo, en mi familia, en mi comunidad religiosa? ¿y qué acciones concretas podemos hacer? Ya sabemos que todos nosotros nos sentimos pequeños e impotentes ante los grandes problemas del mundo y contemplando la multitud de los necesitados, busquemos asociarnos, unirnos a otros grupos de personas que trabajan por los marginados de hoy, o qué puedo hacer para sostener a estas asociaciones, muchos de vosotros, presentes aquí, esta tarde, estáis en familia, con los hijos, hablando de familias quiero acordarme de la preocupación de FRANCISCO y de CLARA por ser agentes de misericordia, en cuyas vidas se nos dice que muchas veces mediaron para unir familias divididas o entre cónyuges que no estaban de acuerdo entre sí. TOMÁS DE CELANO, uno de los primeros biógrafos de FRANCISCO nos cuenta que en el “cortile” de CORTONA, FRANCISCO se encontró con una mujer que era atormentada por un marido cruel, gracias a Dios esta figura se va erradicando hoy en día, esta mujer acudió a FRANCISCO pidiendo el auxilio de la oración y él le respondió “¡Ve, hija bendita, y date cuenta que tu marido, en el futuro, te servirá de consuelo, porque de Dios vendrá un tiempo de paz y de justicia!” y la bendice, después la mujer refirió a su marido las palabras de FRANCISCO aquel hombre cambió completamente su forma de ser y llevó a cabo una vida serena, junto a su mujer y sus hijos. El biógrafo nos añade que, muchos años después, este matrimonio murió el mismo día, uno de los cónyuges como “ofrenda de la mañana” y el otro como “ofrenda de la tarde”, el antiguo biógrafo nos refiere este episodio como demostración de que FRANCISCO, en este caso, tuvo la capacidad de predecir el futuro, pero a mí me parece más significativo el hecho de que FRANCISCO ayude a una familia en dificultad, de ser capaz de poner paz entre el marido y la mujer.

 

También Santa CLARA estaba muy atenta a la situación de las familias, sobretodo por aquellas mujeres que se le acercaban pidiendo oración por sus hijos, que en el bello idioma italo-medieval se llaman los “mamoli“, es decir, niños que, por su edad, aún dependen completamente de sus madres, muchas de las curaciones milagrosas atribuidas a Santa CLARA, según los testimonios del proceso de canonización, fueron en favor de estos niños, para alegría de sus madres y de sus familias.

La vivencia de FRANCISCO de la misericordia no queda circunscrita al ámbito de una revelación personal, familiar o comunitaria, sino que se extiende a la vida eclesial, en tro episodio bello de la vida de San FRANCISCO nos dice que él no se podía salir de las divisiones y luchas de su tiempo, nos estamos refiriendo al episodio vivido aquí mismo, en ASÍS, cuando FRANCISCO reconcilia al Obispo y al “podestà” (lo que vendría a ser un regidor, alcalde), que habían entrado en conflicto y dividido en dos facciones a toda la ciudad. La antigua narración nos dice que, además, FRANCISCO se encontraba bastante enfermo, sin apenas poderse mover, le dijo a sus acompañantes “qué gran vergüenza para nosotros, servidores de Dios, que el Obispo y el podestá se enfrenten uno a otro, y ninguno quiera hacer las paces y traer concordia“, y estas palabras los hicieron recapacitar, porque lo que avergonzaba a FRANCISCO es que ninguno diera el primer paso, lo mismo nos debería suceder a nosotros hoy en día con las guerras, y las divisiones y contrastes de nuestro mundo, sean locales, nacionales o familiares, y nos quedamos tan tranquilos, sin hacer nada.

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FRANCISCO pide al Obispo, al podestá y a sus hermanos, que canten juntos el canto del “hermano sol“, añadiendo una estrofa nueva sobre el perdón:

 

Tu sia lodato, mio Signore, 
per quelli che perdonano 
in nome del tuo amore 
e sopportano malattie e sofferenze.

Y según concluye la narración, los dos contendientes se perdonaron, mediante un abrazo público y sincero, manifestando que acogían la reconciliación ¡Fijaos en el método seguido por FRANCISCO! Los pone a cantar un canto creado por él, recordemos que el “cántico de las criaturas” no es sólo un texto poético, sino una auténtica y verdadera canción, y FRANCISCO compuso la letra y la música, una canción para hacer las paces entre dos personas muy importantes ¡extraño modo de proceder! De esta manera FRANCISCO les enseña que para superar las divisiones es preciso mirar un poco más allá, dejando de poner la atención en el objeto de la disputa, nos lo podemos aplicar a nosotros, nuestras disputas y litigios si no sabemos hacer esto mismo, no seremos capaces de tomar distancia, sólo con una mirada más elevada, con una canción, que nos haga resonar en el corazón los verdaderos motivos de la paz, será posible que nos reconciliemos. FRANCISCO enseña que el verdadero motivo de la paz se encuentra en lo alto, más que en la mera resolución técnica de nuestros problemas, porque el motivo verdadero para hacer las paces que demanda la belleza de la vida reconciliada, al bien que podemos gustar sólo en compañía de los demás, a la alegría de ser libres y pacientes con todos, y finalmente, para los que creen en Dios, al corazón mismo del Señor, del cual sólo bien puede venir, el don de la paz. Y esta enseñanza de FRANCISCO, elevándola al nivel social, de paz y reconciliación, nos viene dada por una nueva dirección que nos indica, si de verdad queremos ser embajadores de reconciliación y de perdón, como razón de ser de nuestra vocación y discipulado, no podemos olvidar la paz y la reconciliación, un abrazo con el cosmos y con todo lo creado, a este propósito es bueno dejar hablar a otro FRANCISCO , en un párrafo de su Encíclica Laudato Si dedicada al cuidado de la casa común, cuyo título ya refiere a San FRANCISCO, y el Papa explica por qué lo considera un modelo ejemplificador y dice:

Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior.

 

Su testimonio nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores «invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón». Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, «lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas». Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio.

(Papa Francisco, Encíclica Laudato Si, nº 10-11) San FRANCISCO nos invita a acoger esta misericordia, que desde hace siglos comparte este pequeño espacio de la PORCIÚNCULA, como una fuente inextinguible, la sobreabundante misericordia de la que la indulgencia no es más que una pobre señal, que la acojamos en nuestra alma y nos transforme, para que la misericordia pueda mostrarse en nuestras vidas, en todos los que nos encontramos aquí, y que como FRANCISCO seamos operadores, embajadores de misericordia entre los leprosos de nuestro tiempo, seremos capaces de crear paz en las familias divididas, crearemos y cantaremos canciones nuevas de paz, cantaremos al mundo de hoy siendo instrumentos de una justicia y de una ecología integrales de la que el mundo de hoy anda tan necesitado.

Que San FRANCISCO nos ayude en este camino de justicia y de paz, en esta búsqueda de perdón, y nos haga caminar en paz, como él, que iniciaba siempre sus discursos diciendo ¡Paz y bien! Qué éste sea nuestro saludo, sobre todo para que esta paz sea un don divino, y que sobre todos nosotros, hermanos y hermanas, sea la paz, sea el perdón, sea la misericordia, sea la reconciliación, pues todos son dones de Nuestro Señor, y a todos vosotros, buena fiesta del perdón.

 

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Clara, tras las huellas de Cristo.

Hoy, gracias a San Francisco, tus pecados pueden ser perdonados.