LOS ÚLTIMOS MISIONEROS

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En San Juan de la Costa, a 65 km de Osorno, están los últimos misioneros cuyo propósito ha sido evangelizar indígenas: los franciscanos holandeses Adrián de Vet y Teoforo de Jeu y la monja suiza Verónica Büchel, todos mayores de 70 años. Cuando se retiren o mueran se acabarán 450 años de misiones en tierra mapuche. Son los últimos representantes de esa estirpe de soldados de Dios que desde 1550 han educado, sanado y construido con la Biblia en mano. Es el fin de una era.

Texto y Fotos: Roberto Farías

Paula 1147. Sábado 10 de mayo de 2014.

Tenía la intención de escribir sobre La Misión en San Juan de la Costa como de esos templos distantes, donde uno iría en busca de paz y contemplación, en medio del siglo XXI, escondida en una pequeña cumbre boscosa en esa gran tierra de nadie que hay entre Valdivia y Osorno en la Cordillera de la Costa.

Pero me llevé una sorpresa. Los monjes están inquietos. Porque cuando los tres últimos misioneros franciscanos capuchinos holandeses de San Juan de la Costa se vayan o mueran, no habrá más misioneros en todo el territorio mapuche de la Región de la Araucanía al sur.

Veo al padre Teoforo (84), que es aficionado a la astronomía, esperando a que salgan las estrellas en su soledad; a la monja Verónica Büchel (78) bordando para los ancianos de San Juan; y al padre Adrián de Vet (74) armando lentamente un puzzle y, aunque siempre está sonriente, su rostro huesudo no logra ocultar su preocupación.

—No hay reemplazantes —dice De Vet, de la Orden de los Hermanos Menores Franciscanos Capuchinos— somos los últimos. No hay jóvenes vocaciones para cubrir estos puestos. Y los capuchinos, además, dejan este territorio.

Con ellos se acaban 450 años de misiones entre los indígenas del sur de Chile. Primero fueron misioneros dominicos que a pólvora y espada llegaron con Pedro de Valdivia; después, en 1600, arribaron los jesuitas y, finalmente, los franciscanos de diversas órdenes. Construyeron misiones en tierra mapuche de Chillán al sur: Cholco, Imperial, Ercilla, Panguipulli, Chiloé y tantos otros lugares. Llegaron a ser miles.

La última misión activa que queda hoy es La Misión de San Juan de la Costa, al interior de Osorno.

Adrián –a pesar de que está enfermo del corazón— sigue activo. Teoforo también.

—Salvo que me lo pida la Orden, no quiero devolverme a Holanda— dice de Vet.

Y por ningún motivo irse a los conventos de retiro. Así es que “hasta que Dios diga y la muerte nos pille con las botas puestas en La Misión”, suelen repetir.

Hace seis meses Verónica Büchel (78), la monja de las Hermanas Franciscanas de la Santa Cruz, quien además es matrona, se jubiló de la dirección del Hospital de San Juan de la Costa que atendió por 35 años. No quiso irse al convento de retiro. Se quedó en el pueblo, a cargo de un club de ancianos y un hogar de niñas.

Antes que ellos, la docena de frailes que llegaron a estar en La Misión, fueron sellando su destino: el año pasado murió en Holanda el padre Winfredo van de Berg después de 40 años como misionero en la zona. En 2004 un fulminante ataque al corazón mató al padre Auxencio Wijnhoven cuando salía de la capilla de Quilacahuín; en 2008 falleció, en el mismo San Juan, Nivardo Snik. Y hace cuatro años dejaron el hospital los hermanos franciscanos penitentes holandeses Alfonso van Kempen, Jaime Wolfs, Vitalis van de Grint y Guillermo Megens.

En la congregación de los Hermanos Menores Capuchinos nadie irá a tomar su lugar al interior del territorio huilliche.
Sin embargo, cuando veo La Misión –la parroquia, el hospital, el cementerio, la escuela, la docena de capillas, el enorme internado donde viven 100 estudiantes huilliches. ¡La única calle pavimentada en muchísimos cientos de kilómetros a la redonda!, instintivamente pienso: “¡Guauuuu! ¿Cuánto esfuerzo para llevar ahí todo ese cemento?”.

E imagino a esos ascetas cuando jóvenes, rozagantes, rubios, que con sus manos, y muchas veces solo con su fe, construyeron todo eso en los últimos cincuenta años. Y la labor resulta aún más sobrehumana, más sorprendente.

En el camino, los grafitis con el emblema del kultrún o marrichiweu (venceremos), van anunciando una despedida tensa, extraña.
Le pregunto por los misioneros a un joven huilliche y me responde:

—No sé. Yo no voy para allá. Soy evangélico y estamos porque se vayan esos curas.

Realmente no dijo curas. Dijo un garabato.

De pronto supe que escribiría no solo de los misioneros holandeses, sino también de la sutil disolución de una era.

La Misión de la Costa fue un subproducto de la Guerra de Arauco. En 1793, acosado por todos lados, Ambrosio O’Higgins firmó con los huilliches un tratado de paz para dejar pasar a los refuerzos acantonados en Chiloé hacia el norte. Acordaron mutuo respeto y les cedió las tierras de Osorno hasta el mar, a cambio de reconocer al gobierno y bautizarse. Eso los salvó de del etnocidio que ocurrió poco después de Villarrica al norte. Los huilliches aceptaron ceder un fundo para los misioneros y terrenos para una docena de capillas.

A San Juan de la Costa, tierra mapuche, no habían entrado los misioneros de la Conquista. Los primeros en llegar fueron sacerdotes españoles, en 1802. Luego los reemplazaron misioneros alemanes y después italianos. En 150 años construyeron una docena de capillas, pero la situación material de los huilliches no cambió mucho.

En 1956 los italianos también se fueron. El entonces recién nombrado obispo de Osorno, el franciscano Francisco Valdés Subercaseaux, buscó ayuda en Holanda.

—Resulta que los capuchinos teníamos misiones en India, África e Indonesia— cuenta el padre Adrián—. Pero Sukarno (un dictador que en 1956 logró la independencia de Indonesia de los Países Bajos) nos dejó sin poder entrar. Y ahí estábamos: sin destino, y acá necesitando misioneros. Así es que vinimos.

Los primeros en llegar, en 1956, fueron Auxencio Wijnhoven y el recordado Winfredo van den Berg, entonces de 31 años. En 1961 llegó Teoforo de Jeu, de 31 también, con Nivardo Snik. Y en 1966 llegó Adrián de Vet, de 27 años.

La pobreza que vieron era proverbial.

—Uno abría la puerta de salida de Osorno y entraba a otro mundo— dice Teoforo de Jeu—. No había nada de nada. Ni caminos. Ni casas. Nadie usaba zapatos. Había puro barro… todo a “cabaglio”. Pero yo era gringo, era joven. Me gustó mucho.

Le asignaron una capilla en Trumao (una de la veintena que comprende La Misión completa) y al ver todo ese verde y esos cielos diáfanos, —porque es aficionado a la astronomía— dijo “aquí me quedo”. Y estuvo ahí 30 años. Ahora está en Cuinco, también dentro de La Misión de San Juan de la Costa.

De Vet llegó directamente a La Misión de San Juan.

—Una de mis primeras salidas —cuenta— fue a ver una enferma, como a dos días a caballo. Tosía de tuberculosis bajo sus frazadas y el viento entraba por las paredes de la casa. A mí, que soy gringo, eso me pareció exótico, tipo National Geographic —dice—. Pero era una miseria demasiado dolorosa. Lloré mientras le daba la extremaunción. ¡Imagínate morir así! Y la tremenda impresión que me llevé. Yo era un joven que venía de Holanda, donde todo eso estaba ya superado.

Cuando se hicieron cargo de La Misión de San Juan la mortalidad infantil era de un 60%. El padre Winfredo (que falleció el año pasado) escribió en una columna en La Prensa de Osorno en 1970:

—Mi vida es una vida de pastor y gran parte de mi trabajo consiste en acompañar a gente muriendo, niños sobre todo.Entierro siete u ocho niños por semana. Nosotros no tenemos ninguna otra alternativa que la rebeldía ante estos hechos; no estar conformes, es lo único que tenemos.

Todavía en el cementerio de San Juan de la Costa (conocido por sus tumbas con forma de casita) se ven crucecitas en torno a las más grandes. Dos, tres, hasta cinco en una sola familia.


La monja suiza Verónica Büchel (78), quien además es matrona, se jubiló hace seis meses de la dirección del Hospital de San Juan de la Costa que atendió por 35 años. No quiso irse al convento de retiro. Se quedó en el pueblo, a cargo de un club de ancianos y un hogar de niños. El padre Teoforo de Jeu (84) y el sacerdote Adrián de Vert (74), ambos holandeses y aún activos, también esperan morir en La Misión, “con las botas puestas”.

Además de los votos de pobreza y sacrificio, los capuchinos holandeses venían con las prédicas del Concilio Vaticano Segundo en ristre: no solo de Dios vive el hombre, sino también de pan, salud, educación. El Reino, pero en la tierra. Y con toda la política de Castro, el Che, del mismo Frei Montalva. Así es que los frailes se pusieron manos a la obra.

En 1958 montaron un primer sanatorio que atendieron dos enfermeros de los Hermanos Penitentes, Alfonso van Kempen y Jaime Wolfs. Se abocaron a combatir la tuberculosis que diezmaba a la población. En 1978 se sumó la monja y matrona Verónica Büchel y el sanatorio llegó a ser un hospital con 17 camas. Con Ministerio de Salud conseguían estudiantes de intercambio suizos, alemanes y holandeses que hacían pasantías de seis meses en La Misión.

La madre Verónica atendió más de 3000 partos.

—Al principio —dice ella— solo venía la mujer, así como mandada, cabizbaja, con una vocecita. Nosotros exigimos que viniera el marido, el hombre. Que asumiera su preocupación. Así empezaron a aprender conductas de autocuidado: de higiene, de alimentación. Les dábamos harina, leche que conseguíamos en la Fundación Caritas.

Hoy el sanatorio es un hospital hecho y derecho con ambulancia, urgencia, pediatría y 71 funcionarios. En 2011 lo tomó a su cargo el Ministerio de Salud.

La mortalidad infantil bajó hasta casi en cero. Lo mismo que la tuberculosis y las enfermedades de transmisión sexual.
En La Misión tampoco había escuela. El analfabetismo era de un 75%.

—Como no había caminos y la gente se tardaba dos y tres días caminando a Osorno, Winfredo tuvo la idea de copiar una radio escuela AM que había visto en Colombia– dice de Vet.

En 1966 fundaron la radio La Voz de la Costa 90 AM. La empresa holandesa Philips les pasó una partida de radios baratas y ellos las repartieron por el campo. La gente se juntaba en una casa a oír la clase y hacer las tareas. Así se educó Viviana Lemuy, una notable anciana huilliche de 82 años de San Juan que de autodidacta llegó a ser profesora. A su vez ella educó a varias generaciones de adultos. Especialmente mujeres.

—Porque la mujer era considerada una sirvienta en la familia huilliche. —cuenta Viviana— No nos enseñaban a leer, ni nada. Y tampoco éramos consideradas en la herencia.

“Para una campesina analfabeta leer un poco vale mucho porque ya no dependerá de otros para informarse; para un campesino saber multiplicar vale mucho porque ya no se reirán de él y podrá calcular el valor real de sus mercancías”, escribió Winfredo en una de sus columnas de 1970.

En 10 años la radio La Voz de la Costa logró alfabetizar a 3 mil huilliches adultos y más de un millar obtuvo su licencia de educación básica. Después siguieron con clases a distancia con Inacap y posteriormente siguieron cursos de educación cívica, relaciones familiares y derechos de la mujer y de la infancia.

Pero tanta educación a los huilliche no fue bien vista. Primero algunos parlamentarios de la zona se oposuisron al proyecto de la radio. Luego la UP quiso expropiar el fundo asignado a La Misión y expulsar a los curas. Y, finalmente, vino la dictadura, que los persiguió. Winfredo –que era director de la radio– fue acusado de agitador político y casi expulsado de Chile. En 1979 le quemaron la casa, en 1981 lo acusaron de participar en un atentado y en 1983 dinamitaron la antena de la radio.

Estuvo un año fuera del aire, después del cual a antena fue reconstruida en una campaña de “un cm por donante”. Lograron hacerla crecer a 100 metros de altura.

Los misioneros también fundaron una escuela politécnica,en 1968, y un internado para 99 alumnos, en 1970, hecho de tejuelas de alerce por ellos mismos. Llegó a tener 250 niños cuando se quemó en 1998 y fue reconstruido en concreto por el Ministerio de Educación.
—Veníamos con mentalidad alemana —dice De Vet— realmente a cambiar la cara de la pobreza. No puro diosito
nomás: 90% trabajo y 10% evangelización.

Hombro con hombro, junto con los propios habitantes construyeron el primer puente sobre el río Quilacahuín que les acortó el viaje a pie de tres días a Río Bueno a solo uno. Luego consiguieron que el Estado hiciera uno definitivo. En 1979, lograron que se abriera el primer camino a la costa: la ruta U-40. Actualmente un hermoso camino asfaltado que abrió el turismo.

—Hoy da gusto —dice de Vet—, sales de Osorno por ese camino a la costa y ya no ves toda esa pobreza.

En efecto, se ve un pueblo andando. Caminos que serpentean los cerros. Bosques, sembradíos, recorridos de buses rurales.

Electricidad. Ambulancias. Lo mismo la hermosa iglesia de Quilacahuín en la ribera del río, a 17 km de ahí, donde hasta hay correo y registro civil.


A estos misioneros, en agradecimiento, los nombraron ciudadanos ilustres, les dieron premios y reconocimientos en Osrono, pero de poco valen frente a un altar vacío. Acompaño una tarde al padre Teoforo con su sotana café y sus chalas fanciscanas, a su iglesia en Cuinco. Hace la misa solo en su casa. A veces nadie va a la iglesia.

A estos misioneros, en agradecimiento, los nombraron ciudadanos ilustres, les dieron premios y reconocimientos en Osorno y en las comunas de la costa, pero de poco valen frente a un altar vacío.

Acompaño una tarde al padre Teoforo con su sotana café y sus chalas franciscanas, a su iglesia en Cuinco, a unos 12 km de San Juan. Hace la misa solo en su casa. A veces nadie va a misa. Otras, llegan unas siete personas, que él debe llevar y traer en su camioneta.
—Pero la santa misa debe hacerse siempre —dice—. Solo cambia la intención. Si no hay nadie pido por los enfermos. Por los muertos. Por los que sufren. O por mi propio hermano.

Su hermano mayor Mateo, también se hizo franciscano y fue destinado a Tanzania un año antes que él.

—Cuando hablo con él, creo que me saqué la lotería, porque acá hay cielos preciosos. Todo es verde. Allá hay tanta enfermedad, miseria, malaria. Acá logramos que la gente ande con zapatos. Tienen bonitas camionetas. Caminos buenos.

“Logramos algo”. Todos dicen eso. Pero cabe la duda de si los huilliches jóvenes piensan del mismo modo.

El padre Teoforo se considera conservador. Reparte su fe a la antigua. Como alimento para todos por igual y no comulga mucho con las creencias de los mapuches. “Yo, los respeto. Ellos, me respetan”, dice. Como esos boxeadores que giran y giran pero no se tocan.
Adrián de Vet, en cambio, se cuestiona.

—A veces siento culpa —dice—. Nos faltó conocimiento en antropología, en lingüística. Podríamos haber rescatado cosas huilliches que no consideramos. Mucha música, artesanía, rogativas que antes se hacían. Pudimos haberlas integrado a la religión. O traído a especialistas. Nosotros pensábamos en puros médicos, profesores, caminos, constructores… por nuestra mentalidad alemana.

Pienso en el capuchino Sebastián Eglert, el mítico misionero de Rapa Nui que hizo el primer museo y registró la cultura isleña. O en el jesuita Gustavo le Paige, en San Pedro de Atacama. O en el capuchino Ernesto Wilhem, que en 1600 hizo el primer diccionario mapudungún. Verdaderos salvadores.

–Pude hacer más –dice de Vet–. Pero no lo supe ver a tiempo.

El cacique mayor de toda la zona de la costa, Antonio Alcafuz, un hombre en sus ochenta, experto en cosmovisión huilliche, me dice:
–No es que los misioneros hayan querido cambiar nuestra cultura, “intencionalmente”. Les viene por añadidura. Por ejemplo, nos decían: “¡Dios te va a castigar si cortas el canelo!”. Pero el mapuche no piensa así. No hay mal ni castigo en la naturaleza. Solo soy yo que me salgo del camino correcto, cuando no hago mis ritos, mis rogativas, o si no pido permiso a la tierra. ¿Ve? El mapuche no tiene diablo. Y ahora todos creen que el diablo se les mete en el cuerpo.

Se siente el avance sutil y sombrío del conflicto mapuche desde La Araucanía hacia el sur. Aunque en esta zona todavía no se manifiesta en concreto, sí llegó a las mentes.

Voy a una rogativa en el internado de San Juan. La ñaña (abuela) llama a los alumnos al círculo sagrado. No entran. Se sientan a la sombra de los árboles. El rector del colegio trata de meterlos en cintura pero tampoco lo logra.

—Nosotros vamos a un nguillatún de verdad —dice uno de los escépticos– allá en Pichilafquenmapu.

El padre Adrián ejemplifica estos cambios con una historia reciente.

—Fui por tercera vez a la casa de Juan, un amigo mío huilliche del interior. Hacía tiempo que no lo veía por acá. Y sentía pena por su indiferencia.

Las primeras veces lo negaban. La tercera vez esperó hasta que el hombre salió.

—Llovía a cántaros. Yo empapado—dice De Vet—.

No me hizo pasar siquiera y, en el umbral de la puerta, me dijo: “Me siento engañado. Ahora entendemos mejor las cosas. Y creo que toda esa Iglesia suya ha ido en contra nuestra. Nos ha despojado de nuestras creencias. De nuestra cultura. Ahora tenemos nuestro idioma, nuestros conocimientos, nuestros líderes. Por eso rompo con usted, cura, y con toda su Iglesia”.

—Asimismito, me dijo. ¡Y era mi amigo!

Claro, Adrián comprende que está pagando los platos rotos de todos los misioneros que con la espada trataron de convertir a los indígenas por la fuerza. Con azotes, engaños y castigos los hacían renegar de sus rogativas y sus rehues. Hasta con exorcismos incluso. Arrodillándolos sobre arvejas hasta que recitaran el catecismo. Convencidos que por el solo hecho de aceptar a Dios, tendrían desarrollo, bienestar, trabajo, salud.

Todas las misiones evangelizadoras indígenas tuvieron el mismo fin: la incomprensión. De los soldados que querían el exterminio; del gobierno que quería chilenizarlos; y finalmente de los propios mapuches, que querían volver a sus rituales. Porque, ¿es posible un mapuche converso, que pertenezca a una etnia y siga otro credo y no los rituales, la idiosincrasia que vienen ya con su lengua?
En el cementerio, las nuevas tumbas tienen símbolos mapuches en vez de cruces. Después de 450 años las viejas creencias regresan como el río Rahue a su cauce, suave y quedo. Inevitables. Como la brisa de la mañana, o las sombras oscilantes de los árboles.

Cuando el misionero Adrián estaba estilando ante la puerta de Juan ,cuando el agua le caía por la cara y los hombros, cuando luego de 48 años en tierra huilliche, después haber levantado la escuela, el hospital y la radio AM, hombro con hombro y de haber construido puentes y caminos sin quejarse de cansancio ni del frío, su amigo no lo hizo pasar, por primera vez sintió algo parecido al abatimiento.

—Cuando él me cerró la puerta en las narices, sentí incertidumbre del futuro— dice.

Los misioneros ya traspasaron el hospital al Servicio de Salud y crearon una fundación para que se haga cargo del internado, la escuela y la radio. No se sabe que destino tendrá el fundo de La Misión, de 200 hectáreas.

Sobre la mesa del comedor, el padre Adrián tiene un puzzle de 2000 piezas que lleva 6 meses sin terminar. A veces coloca una pieza, luego otra. Pasan días en que no lo toca. Se diría que tiene miedo de poner finalmente la última.

 

VIA Paula.cl

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