Los pobres son asesinados dos veces

Una persona pone velas frente a unas simulaciones de tumbas con fotografías de víctimas de violencia, durante una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro, en Caracas, 10 de abril de 2014. Las muertes violentas en Venezuela llegarían a 27.875 este año, un aumento del 12 por ciento respecto del anterior, según un estudio presentado el lunes por la organización no gubernamental Observatorio Venezolano de Violencia (OVV). REUTERS/Carlos Garcia Rawlins
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El pasado 20 de enero murió de hambre en mi comunidad el niño Keiven Ivan. Según el observatorio venezolano de la alimentación cada día fallecen más de 50 menores por desnutrición en esta riquísima tierra

Enseguida coloqué esta misma foto en las redes, pidiendo perdón al Señor y a Keiven por el crimen cometido contra él. Y enseguida hubo respuestas. Muchas se adherían a la suplica de clemencia. Muchas menos querían compromiso contra las causas del genocidio del hambre. Y algunas fueron para insultar. Los insultos no procedieron de los lados de la dictadura (por ahí solo hubo amenazas de despido a algún funcionario que colgó la noticia en su Facebook), sino de un chat de católicos comprometidos en el que participo, uno de esos foros monopolizados por los mensajes nonos característicos del cristianismo burgués, tan sin sal ni mordiente.

Lo de menos es que me faltasen el respeto a mí, acusándome de demagogo y de aprovecharme del sufrimiento de los niños. Lo imperdonable es que ofendieron a los pobres con los argumentos habituales del falso cristianismo: «la culpa es de ellos por tener tantos hijos; no quieren salir de la miseria»…, aderezados con una abundante dosis exculpatoria: «nosotros ya hacemos lo que podemos, no nos hagan sentir mal».

A pesar de alguna reticencia clerical, el anodino chat se incendio –¡por fin!– y durante unos minutos los mensajes cursis dieron paso a los problemas reales, es decir divinos. Después de apasionados debates, llego lo peor, cuando la buena conciencia reboso su almibarada cicuta y ofreció la solución definitiva: hagamos un radiomaraton para recoger alimentos y zanjar el tema. No sigamos metiéndonos en política ni cuestionando nuestras vidas.

El asistencialismo degrada a todos. Al pobre porque desacraliza su dolor y a nosotros porque trivializa nuestro pecado, convirtiéndolos en mercancía intercambiable por 30 monedas. Los pobres son asesinados dos veces. Cuando los matamos y cuando les negamos su dignidad vaciando sobre ellos el albanal de nuestro espíritu corrompido por el ansia de acumular, de prevalecer y de pasarlo bien a costa de quien sea; ídolos que nos impiden experimentar la bienaventuranza. No solo queremos ocultar sus cuerpos famélicos, también nos urge echar tierra sobre las causas de su hambre porque están en nuestras neveras.

Un poeta dijo: «Líbrate de la derecha cuando es diestra y de la izquierda cuando es siniestra». Los empobrecidos venezolanos padecen ambas: mueren a causa de los que frustran los cambios en nombre del paraíso en la tierra y por los que legitiman la injusticia en nombre del orden y de un Dios falsificado.

Autor: Carlos Ruiz
Fuente: Alfa y Omega

El ataque anónimo.

La obra de caridad más grande del mundo.