La opinión de un laico sobre las propiedades ociosas en la Iglesia

Downton Abbey y la condición humana

Ver esta saga británica multipremiada conlleva el ejercicio de perforar la gruesa capa de prejuicios que tenemos los plebeyos televidentes en contra de los ricos de cualquier origen.

¿Qué me pueden enseñar esos aristócratas pasados de moda? Preconcepto habitual que practicamos a diestra y a siniestra en nuestras relaciones cotidianas. ¿Qué me puede enseñar este cura, este portero, este ricachón, este niño, este chico autista, este adicto, este político, este viejo, esta monja, este chico Down, este gay?

También nos enseña a  poner en duda  aquella simplificación que considera que todos los ricos son felices y que todos los pobres son buenos. O  que los patrones no tienen sentimientos de compasión y que los pobres practican “naturalmente” una solidaridad de clase.

Las lecciones de una mujer indignada: En particular uno no puede dejar de identificarse con una dama de la familia, la Sra Isobel Crawley quien vive en estado de permanente indignación. Se indigna ante las injusticias con las que tropieza pero su actitud es siempre constructiva. Como diríamos ahora, protesta con propuestas.  Ese sentimiento la moviliza a la acción. Es una enfermera calificada, ayudante “critica” del  director del hospital local. Su tenacidad en generar alternativas consigue que parte del fastuoso castillo se convierta en un hospital para soldados convalecientes del frente británico durante la I Guerra Mundial. Los recursos sanitarios locales  han sido desbordados y no existe ningún lugar mas apropiado que la opulenta mansión. Todos los miembros de la familia ofrecen su colaboración no solo la “servidumbre”.

El uso social de la propiedad

En pleno siglo XXI muchas propiedades –algunas imponentes- pertenecientes a la Iglesia están ociosas. Algunas sirvieron de noviciados o seminarios, otras fueron asilos de niños o de ancianos. A todas les afecto la crisis de vocaciones que atraviesa  la institución. Esta situación solo trae problemas de administración a los economatos.  Y sin embargo nadie parece hacerse cargo de que por medio de ellas se lleva a su cumplimiento las obras de misericordia tanto corporales como espirituales.

Necesidades de todo tipo se muestran en nuestras sociedades y los que tienen la obligación de poner en práctica la Doctrina Social de la Iglesia parecen elegir mirar para otro lado. Ni siquiera el papa Francisco, todo el Catecismo y la DSI parecen horadar las conciencias de quienes solamente administran bienes adquirdos por el santo Pueblo de Dios con su limosna. Es una suerte de ateismo practico que por un lado traslada al Estado las responsabilidades de la deuda social y por el otro no se siente responsable ante Dios del cumplimiento de las enseñanzas que predica hacia afuera.

Me pregunto con qué  autoridad moral se puede como Iglesia -es decir un cuerpo colegiado- predicar, exigir, increpar al Cesar… uno asiste indignado –como la Sra. Crawley-  que un uso social de las propiedades de la Iglesia -repito adquiridas con la limosna del santo Pueblo de Dios- haría mas digna la vida de tantos hombres y mujeres que necesitan un espacio.

 

¿Quienes necesitan un lugar?

Las personas en situación de calle aunque fuera solamente de día.

Los emigrantes y refugiados hasta que se resuelva su situación.

Las victimas de la violencia familiar, el abuso infantil, la trata y la prostitución.

Las familias pobres que acuden a grandes urbes en busca de tratamiento medico para sus familiares.

Futuras madres con dificultades para seguir con un embarazo no aceptado por sus esposos o familiares.

La lista se puede extender a la organización de turismo para familias pobres, lugares retiros de bajo costo, lugares de atención de adictos y tantas otras emergencias que merecen un techo.

 

Lo que dice el Catecismo sobre el destino universal de los bienes

“El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” . La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos. (CIC #2404)

“Los bienes de producción —materiales o inmateriales— como tierras o fábricas, profesiones o artes, requieren los cuidados de sus poseedores para que su fecundidad aproveche al mayor número de personas. Los poseedores de bienes de uso y consumo deben usarlos con templanza reservando la mejor parte al huésped, al enfermo, al pobre”. (CIC #2405)

Voluntad pastoral

Nadie dice que sea fácil. Pero “la imaginación de la caridad” sabe encontrar soluciones. En muchas comunidades hay miedo a fracasar.

Es cierto que hay una sobrecarga de responsabilidades y oficios en los que han permanecido dentro de la institución. Apenas se puede con lo que hay. Mucho menos pensar un poco más allá.

Es cierto que es una complicación.

Pero ¿por qué nos manejamos con criterios tan mundanos? Hay experiencias exitosas por todas partes, pero como excepción no como política pastoral homogénea, como una cultura  del  uso social. Inclusive muchas ordenes religiosas han tercerizado la administración de muchos bienes generando fuentes de trabajo, con un doble beneficio social.

Nadie esta hablando con el simplismo de los que quieren “vender el Vaticano”. Administrar cuesta no solo dinero sino dolores de cabeza.  Sin embargo en muchas oportunidades resulta difícil, casi imposible conectar el “gratis date” de Jesús (“Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” Mateo, 10,8) con la administración con criterios estrictamente comerciales  de los bienes heredados.

La conversión deseada

La Iglesia ha renunciado hace tiempo a obligar a sus seguidores sean laicos o religiosos. Prefiere la conversión. San Francisco de Asís tenía muy claro el pecado que se encapsula tras la propiedad de los bienes… Por eso llegó hasta destruir una casa que habían construido sus hermanos en su ausencia. Muy raramente se han administrado las propiedades sin que la tentación de la avaricia se haga presente.

La mujer sunamita compadecida del profeta Eliseo sugirió a su esposo construir una habitación para alojarlo (2 Reyes 4,9-10). Si su ejemplo nos inspirara ni siquiera haría falta construir nada. Bastaría con usar los bienes como quien ha de rendir alguna vez cuentas al Señor.

Lo importante.

Entre las inspiradas frases que el guionista de Downton Abbey nos regala hay una sumamente provocadora: “la guerra nos enseña cuales son las cosas verdaderamente importantes”.

Creo que el papa Francisco trata en vano de explicarnos cuales son esas cosas verdaderamente importantes. Porque estamos en guerra con todos aquellos que vulneran la condición humana. Y esperar soluciones solamente del Estado no solo es una utopía, es una verdadera necedad.

Lamentablemente muchas teologías lejos de acicatear las conciencias de los administradores parecería que procuran adormecerla generando mil y un excusa para evadirse de un mandato que viene del Antiguo Testamento.

Muchas veces uno se pregunta si habrá llegado ese tiempo anunciado por Jesús: “Cuando el Hijo del hombre venga ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas, 18,8)

 

 

María Cecilia Jaurrieta

 

Nota: inspirado en la actitud de acogida de la hermana Teodora, de San Vicente de Paul.

 

Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

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