¡La gran batalla!

Ya llegaba lentamente la hora deseada aunque temida, la hora tan esperada aunque penosa para el Señor, la hora en la que la luz vencía las tinieblas, la hora de la glorificación plena. Esta era la hora en la que poco antes Jesús sintiendo ya muy próxima la muerte, el peso de su cuerpo apretando sus pulmones y  los clavos arrancando las venas de las manos una por una,  había dicho a sus discípulos, << mi alma se encuentra turbada>> y poco después se había abandonado en las manos divinas de su Padre << ¡si precisamente para esto he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre! y su Padre lo había confirmado << ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar>>. Era un dolor tan inmenso que sentía sobre sí cuando desde la cumbre del monte de los olivos divisaba las luces de la gran ciudad judía por excelencia.  La cuidad santa con sus robustas murallas, aquella ciudad en la que Él había sido rechazado, perseguido, acusado de ser endemoniado y de blasfemia, allí donde tantas otras veces habían intentado echarle la mano porque lo consideraban peligroso en la sociedad. Por esta misma ciudad Jesús había llorado amargamente <<Jerusalén, Jerusalén…si conocieras el amor de Dios…>> Si, era precisamente en esta ciudad que sobresalía imponente que dentro de poco,  su tierra iba a abrazar sus huellas ensangrentadas en la calle de la amargura. Sus fortalezas se convertían en plazas de fraude, sus torrentes frescos cuyas vertientes manan vida y prosperidad, en ríos de llanto.

Jesús, segundo a segundo, iba sintiendo cómo aquellos hombres fuertemente armados iban llegando como quien sale al encuentro de un león hambriento. El camino se les hacía largo, pero, tenían confianza en su guía, su líder, que bien conocía el lugar  conducido por la nube espesa de la traición.

Judas, uno de sus discípulos,  un tanto confuso, caminaba  delante de ellos con paso ligero. Este era uno de los que habían acompañado a Jesús en los últimos momentos en Jerusalén, le había lavado los pies en la última cena, uno de sus amigos íntimos, uno de sus compañeros que día tras día contemplaba las maravillas de Dios. Así mismo era uno de los que había compartido la mesa fraterna, que había oído sus penúltimos mensajes de ser servidores y ¿cómo no? había sentido clavar como flecha bruñida en su alma las palabras entrecortadas de la misma boca de Jesús <<uno de vosotros me va a entregar…>> y después de rechazar el ultimo signo de amor y comer el pan remojado de la mano del Señor le dice: <<…lo que vas a hacer, hazlo pronto…>>. Éste lo entendió perfectamente aunque los demás pensamos que era para realizar una compra, y, por libre elección, por su iniciativa propia salió a entregar al Maestro a los sumos sacerdotes que lo andaban buscando.

En Getsemaní, todo era recuerdo, intentábamos comprender este gran misterio de un Dios que se dejaba morir, que se dejaba traicionar por su más íntimo amigo pero nuestra razón de hallaba débil e impotente. Habíamos visto cómo poco a poco el mal se iba apoderando de Judas, pero en distintas ocasiones el maestro lo había dejado perplejo con sus respuestas, por ejemplo en la última cena celebrada en Betania junto a Marta, María y Lázaro resucitado de la muerte.  Judas quiso reprochar el despilfarro según él de un perfume tan caro. Mientras María nos daba la lección de estar en total comunión y derroche todo entero por Jesús, éste se había negado y solo estaba siendo seducido por unas monedas brillantes. Otras veces pensamos que su actitud surgía de ser el que llevaba el bolso, pero su ambición se mostraba cada vez más.

Tantas veces el  Maestro lo miraba cariñosamente pero él ya era tan ciego que andaba buscando el momento oportuno para su venta, el Maestro lo sabía pero se guardó a sí mismo el secreto porque todavía no había llegado su hora.

¡Una oveja se alejaba del redil inconsciente del peligro que corría! Todos percibimos que no era cualquier recado lo que le había encomendado el Maestro. Su mirada cariñosa y su silencio nos llevaron a contemplar cómo poco a poco la figura de Judas se desvanecía en las tinieblas de aquella noche. ¿Será que aquello tenía relación con sus palabras, <<uno de vosotros me va a traicionar>>? Imposible, no podíamos pensar tal cosa entre nosotros. Nos miró a todos, uno por uno, sus ojos transmitían un misterio escondido en sí, y al final nos dijo <<ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en Él >>, después nos dio un largo discurso de despedida.

Las preguntas aumentaban en nosotros, ¿Por qué nos hablaba de guardar su palabra? ¿Dónde irá? Nos insistía en la oración con más empeño, y no dejaba atrás el exhortarnos y animaros en cumplir siempre la voluntad del Padre, aunque por el momento su obediencia nos pareciera una locura, totalmente en vano. << El Espíritu vendrá>>, ¿por qué nos lo repite tanto? ¿Dónde estará El cuándo pase todo esto?

Era una noche desconcertante, tenebrosa. Un aire de temor corría por todas partes. ¿Por qué esta noche es tan distinta? Todavía no lo acabábamos de entender pero, sí, al Maestro lo percibimos con un ardiente deseo de algo que nuestra debilidad humana nos lo ocultaba, algo que lo estaba esperando y deseando. ¿Qué iba a pasar? Nos parecía tan misterioso aquello de lo que nos había hablado en la cena, ¿cómo que no iba a beber del fruto de la vid hasta aquel día en el Reino de los cielos? ¿Qué iba a ser de nosotros si éste que no había pecado, que había gastado su vida dando vida y amor terminaba su misión de esta manera? Todos habíamos oído lo que Jesús había dicho a Pedro, <<en esta misma noche…tres veces me negaras antes de que cante el gallo>> ¿Por qué? Era muy duro, todo era temblor y cada movimiento nos inquietaba e incluso ya no creíamos en nosotros mismos. Acaso no había dicho a Pedro ¿sobre esta roca edificaré mi Iglesia? Y aquello otro, <<Simón Pedro, hijo de Jonás, apacienta mis ovejas>>. ¿Cómo se atrevería a negarlo? Incluso ni él mismo se lo creía. Parecía ridículo, su lenguaje nos extrañaba. Pero  Él se mostraba fuerte y preparado ante el gran misterio.

...

Mientras nuestros ojos no resistían el sueño, Él seguía en contacto con su Padre quien lo mantenía firme. Pasaban los minutos y se hallaba Él orando profundamente ¿Por qué tal precio? Él tentador estaba muy presente para atormentarlo y torturarlo, pero Él seguía en oración. Una y otra vez nos despertó y nos exhortaba a orar al Padre para no caer en la tentación. Ya estaba la hora muy cerca, ya  se escuchaba muy cerca la patrulla armada, sus antorchas nos iluminaban bajo de aquel frondoso olivar donde nos habíamos cobijado por sueño, por frío y ¿cómo no? por el miedo a lo que estaba por ocurrir, a lo desconocido… El maestro permanecía absorbido en la oración, y sentía sobre sí el peso del pecado de cada uno de nosotros,  no sólo los presentes sino también de toda la humanidad. Su mirada penetraba los ultrajes que iba a sufrir dentro de poco. Veía su cuerpo escarnecido. Concebía el ridículo que iba a pasar no solamente en esa noche sino por todas las edades. Con mucho dolor se percibía la debilidad y el miedo que se nos acumulaba por dentro. ¿Qué iba a ser de nosotros sin el Maestro? Era tanto el dolor que todavía su cuerpo místico iba a seguir sufriendo a pesar de su extraordinaria ofrenda… y de su frente cayeron gotas de sangre que consagraron el huerto de Getsemaní dándole una frescura perfumada.

Judas, aquel  de nosotros que había abandonado su puesto en la última cena, que se había separado de la familia para seguir su propio camino guiaba aquel tropel,  se presentó en el huerto tembloroso. Era grande el peso de su corazón envenenado por el mal y sus pies no resistían. Aquel tan preciado tesoro, Aquel que era la misma Vida, la Luz que irradiaba el mundo y el mismo Camino ¡no dudó en venderlo a cambio de treinta monedas! Hasta los olivares gigantes del huerto inclinaron sus cabezas de estupor, un dolor fuerte penetraba y envenenaba su savia como el peor gusano jamás conocido. ¡Cómo es posible! Pues había precisamente llegado su hora, ¡era la hora! y aquellos hombres furiosos, con caras alargadas, fuertemente lo rodearon después de que su propio discípulo le hubiera dado el beso traidor.

Entonces y solo entonces comprendimos su mensaje <<uno de vosotros me va a entregar>>. Judas por su propia libertad entregaba al Maestro, el Señor de su vida, por un beso, pero él Dios Omnipotente, no se negó tal precio, su Amor se entregó en su Hijo para liberarnos del pecado. Por haber sido vendido por un precio miserable, Él nos ofrecía el precio infinito de su sangre.

Jesús, con mucha calma y ternura recorrió su mirada a todos. Los miró con entrañas misericordiosas como en tantas otras ocasiones, uno por uno, paso a paso… y su mirada penetraba sus corazones endurecidos. Eran todos hijos, hermanos suyos que habían quedado privados de su luz verdadera. Jesús los miró con mucha pena y recordó cómo el buen pastor debía ofrecer su vida por sus ovejas a fin de que ellas vivan. Fueron minutos de un silencio abismal, absoluto. Nadie decía nada, nadie se ni nada se movía. Un silencio que gritaba. Un silencio sobrecogedor. Un silencio que llevó a Judas a alejarse definitivamente de la verdadera vida. ¡Un beso traidor indicaba al que andaban buscando, pero Jesús bien sabía lo que iba a suceder! Los olivares se quedaron quietos doblegados sobre sí, el viento se calmó y una suave brisa hizo volver al maestro en sí mismo, y adelantando les preguntó ¿A quién buscáis? Le respondieron << a Jesús de Nazaret>>. Y, Jesús les dijo, << Soy yo>>.

Hubieras visto aquella ciudad volverse en tristeza y tiniebla. Cesaron las danzas y la música que se solía oír en la ansiada ciudad santa. El Señor estaba vendido a  la suerte de los verdugos, los líderes religiosos y los fariseos. Pedro, uno de sus discípulos queriendo defender al maestro desenvainó la espada e hirió al criado del sumo sacerdote pero Jesús dispuesto a afrontar la agonía con todas sus consecuencias le recordó que debía de beber aquel cáliz que el Padre lo tenía preparado. Esta era la misión esperada aunque le llevó a sudar gotas de sangre. No era nada fácil contemplar paso a paso la llegada de su inminente y más infame muerte. Nuestro Salvador como un cordero llevado al matadero no abría la boca, más, se ponía en manos de Dios Padre, el único que juzga rectamente y que nunca la abandonaría. Era el comienzo de una gran victoria.

Todos los olivos del Getsemaní avergonzados de aquel gesto traidor seguían doblegados sobre su tronco para adorarlo y darle su último abrazo. Mas viendo la tristeza que llenaba a sus compañeros, el olivo más pequeño se levantó, miró a su alrededor y dijo con voz serena y al mismo tiempo potente, <<no perdáis la esperanza, la tristeza no os prive de esta gloria de Dios porque el maestro nos ha dejado el regalo más grande solo habría que sentirlo penetrar las venas y acariciarlo, las gotas de sangre de su frente puras y sanadora nos revivirá y nos acompañaran siempre>>. Todos apreciaron su sabiduría y la sensibilidad que había surgido en su corazón infantil. Mientras tanto el maestro nos miró cariñosamente después se entregarse silenciosamente como un cordero manso llevado al matadero. Los soldados empleando fuerza lo llevaron con ellos.

 

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  1. Te glorificamos Señor Jesucristo que entregaste tu vida por salvarnos del pecado. Ahora nos toca seguirte.

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Jueves Santo con S de servicio.

Escucha al que te ama.