LA FRATERNIDAD FRANCISCANA SEGLAR (7ª Parte)

De la utopía a la realidad, de la realidad a la utopía

El tiempo que he pasado con la rosa es lo que hace que la rosa sea tan importante para mí

Antoine de Saint Exupéry

El demonio del activismo y caminos de superación

 

A muchos de los hermanos que interactúan en nuestras fraternidades puede aplicarse lo que Segundo Galilea dice sobre el demonio del activismo:

 

El demonio del activismo no significa ser muy activo o muy trabajador o tener muchas ocupaciones y apostolados variados. Ser activo, apostólico, no es ser «activista» como tentación.

El activismo se produce en la medida que aumenta la distancia y la incoherencia entre lo que un apóstol hace y dice, y lo que él es y vive como cristiano. Es verdad que en la condición humana aceptamos como normal la inadecuación entre el «ser» y el «actuar», pero en este caso la inadecuación está agudizada y tiende a crecer y no a disminuir, como sería el ideal del proceso cristiano.

El activismo tiene muchas expresiones. Una de ellas es la falta de renovación en la vida personal del apóstol. De modo sistemático, la oración es insuficiente y deficiente. No hay tiempo prolongados de soledad y retiro. No se cultiva el estudio y apenas se lee. Ni siquiera se deja tiempo para descansar lo suficiente y reponerse. Paralelamente, hay sobrecargo de trabajo, de actividades múltiples, y la agenda de compromisos suele estar repleta. El activista da la impresión de que le es necesario un gran volumen de trabajo exterior como estilo de vida. De ahí se crea un círculo vicioso, cuyo origen –excesiva actividad o negligencia en renovarse– no es fácil precisar: el aumento de actividad hace cada vez más difícil tomar las medidas de renovación interior que son las que conducen al crecimiento en el «ser»; por otro lado, la incapacidad (que va en aumento) de renovarse tiende a compensarse y disfrazarse con la entrega a una actividad irrefrenable. En último término, el activismo es la excusa del «escapismo».

El activismo también se expresa en una de las distorsiones más radicales del apostolado: poner toda el alma en los medios de acción y de apostolado, en lo que se organiza y se hace, olvidando a Dios, el cual es, al fin de cuentas, por el que se hace, se organiza y se trabaja. El apóstol se transforma en un profesional que multiplica iniciativas, habitualmente buenas y que no se detiene a discernir ni a preguntarle a Dios si son necesarias u oportunas, o si hay que hacerlas en esa hora y de esa manera. Los medios del apostolado han obscurecido el sentido y el fin.

Otra expresión del demonio del activismo es no trabajar al ritmo de Dios, sustituyéndolo por el ritmo propio. Ello puede ocurrir ya sea por ir más rápido que Dios o más lento; el activista suele, al menos en un primer momento, pecar por aceleración. Esto nace por la desproporción que siempre existe entre la visión y los proyectos del apóstol, y la realidad de las personas involucradas. Lo normal es que un agente pastoral tenga más visión que su comunidad y que su pueblo, y sepa antes y mejor que ellos a dónde y cómo hay que ir; y la gente no responde al ritmo que uno quisiera, pues su ritmo de crecimiento corresponde al de Dios y no a las previsiones de uno. El ritmo de Dios es constante, pero de lento proceso. Los seres humanos como las plantas y el resto de la creación, no cambian ni crecen a tirones, artificialmente, saltando etapas. Hay que esperar y tener paciencia, sin por eso dejar de educar, cultivar y exigir: hay que ser como Dios, adecuándose a su ritmo y forma de actuar y de transmitir la vida.

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Pedagógicamente, esta forma de activismo puede ser desastrosa. Al acelerar a las personas y los procesos, no sólo se dificulta la formación de estas personas, sino que también se puede destruir y «quemar» a muchas de ellas; otras se apartarán y será muy difícil recuperarlas. En todo caso, dado el aparente fracaso de su programa, el activista fácilmente cae en la tentación del desaliento, tras experimentar al demonio de la impaciencia apostólica. «Aquí, con esta gente, no se puede hacer nada». Pues la impaciencia y el desaliento son gemelos. Ambos son hijos del orgullo, la autosuficiencia, de olvidar que «ni el que planta ni el que riega es nada, sino Dios que da el incremento» (1 Cor 3, 7).

reclamos

Lo que sana es la diversidad

Me gustaría que nos dejáramos interpelar por el testimonio de Jean Vanier, el laico canadiense que creó las comunidades EL ARCA que acogen a todo tipo de discapacitados proponiendo la vida de familia como camino de crecimiento personal:

Poco a poco, he ido descubriendo el misterio que se esconde dentro del Arca. Lo que yo hacía no era únicamente un gesto generoso para ayudar a algunas personas sino que tenía un sentido más profundo. Las personas con discapacidad intelectual no podían hacer grandes cosas, pero en ellas había una especie de poder secreto.

 

Poco a poco, he podido constatar que ellas me estaban cambiando, haciéndome pasar del pensamiento –donde yo podía conocer y controlar- al corazón. Con el pensamiento uno se encuentra “seguro”, uno domina, conoce, analiza, se abstrae de la realidad, con el corazón nos vinculamos a la realidad, a las personas. Las escuchamos, escuchamos su sufrimiento y sus esperanzas, nos volvemos vulnerables a su mirada. Descubrimos que los demás son hermanos y hermanas en humanidad. Nos comprometemos con su mirada. 

 

Descubrí que las personas con una discapacidad tenían una misión. Viviendo una relación con ellas, uno podía transformarse, encontrar una nueva unidad en el interior de si mismo, volverse más humano. Uno podía acogerse a si mismo tal como es, con sus miedos, sus debilidades así como con sus dones. No había necesidad de ser fuerte y estar capacitado, no se era mejor que los demás, no más que los demás. Los prejuicios y los deseos de poder perdían influencia en nosotros. Se podía vivir una relación, abrir nuestro corazón a los demás, a aquellos que son diferentes y amarlos con sabiduría. Es así que las personas con una deficiencia intelectual se encuentran en el corazón de nuestras comunidades. Todos nos comprometemos en unidad, libres los unos con los otros para ser signo en nuestro mundo.

 

Efectivamente, el camino hacia mi propia maduración ha pasado por momentos difíciles. He sentido miedos, angustia, mi propia violencia, mis tinieblas. Era necesario pasar por ello. Pero he descubierto todavía más una fuerza que me llegaba de Dios, de las personas con una discapacidad y de la comunidad que yo amaba. Es así que he podido constatar como juntos trabajamos para la paz. 

 

El Arca se ha convertido para mí en un camino de verdad y de paz, una visión para la iglesia y el mundo, un camino de salud”.

Próxima entrega: La vocación a la santidad en al OFS

María Cecilia Jaurrieta OFS

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Escrito por Cecilia Jaurrieta

Maria Cecilia Jaurrieta esta casada y tiene cinco hijos y seis nietos. Profesó en al Orden Franciscana Seglar en 1986.
Es bioquímica y ha colaborado con distintos medios graficos y radiales franciscanos como NUEVA POMPEYA y EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO. Ha publicado varios trabajos relacionados con la religiosidad popular en la Editorial San Pablo. Ha recibido capacitación en mediación comunitaria con la cual ha enriquecido los talleres de educación para la paz que anima desde 1998.

Nueva web y nuevo numero de El Mensajero de San Antonio.

Adviento Franciscano.