La belleza de la oración.

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Muy queridos hermanos paz y bien,

Hace poco que me topé con un muchacho que me hizo pensar en compartir mi experiencia de oración. Muy sentido me contó este muchacho cómo estando encarcelado le cambiaron de celda y en esta encontró una Tau Franciscana. Él la recogió y se la puso, me decía: “a partir de este momento solo quería verme fuera de aquellos muros y suplicaba para que este deseo se realizara”. Después, inclinó la cabeza, lleno de emoción, se le iluminaron los ojos y mirándome me dijo, “hermana no se asuste de mi vida, el encuentro con esta cruz de san Francisco me impulsó a pensar mucho  sobre mi estado personal, caí en la cuenta de que vivía equivocado y tenían razón de encarcelarme, entendí mi equivocación e hice un compromiso, mi vida tendría que tener un cambio. Solo sabía que la cruz pertenecía a la rama franciscana y nada más, pero, yo me dije, he aquí la oportunidad de comenzar mi vida de nuevo con un recuerdo que llevaría siempre conmigo, la Tau. Hoy día, puedo decir que esta cruz es mi compañera fiel, nunca se ha apartado de mí, ni yo de ella y a partir de ahí me acerqué a la Iglesia… la amo y quiero mucho a la virgen (mostrándome el Rosario en su bolsillo)…, hermana reza por mí porque no quisiera volver un paso atrás, reza por mí para que Dios me ilumine en mi caminar”. Estas fueron sus últimas palabras conmovedoras entre tantos sentimientos que se reflejaban en su rostro y junto a su compañera que todo lo asentía con su cabeza, sin decir ninguna palabra. Este hermanos y hermanas fue el testimonio que me animó a escribir este artículo que tenéis entre manos, sobre la belleza de la oración.

Bueno, llegado a este punto quisiera que diéramos un salto a la vida misma de oración de Jesús; al origen  y meta de nuestra vida de oración.

Jesús fue y es un Hombre-Dios más que hecho oración. Su vida,  su ser era y es oración. Él es la oración misma. Desde su nacimiento, Jesús estuvo en contacto directo con Dios. A veces lo imagino así como cuando el niño está unido a su madre por el cordón umbilical. Jesús estaba siempre alimentándose de Dios, siempre pendiente de todo lo que le comunicara su Padre. Esta unión se mantuvo siempre y en ningún instante se perdió. Jesús dialogaba  con entrañas de Hijo a su Padre, Aquel que lo amaba infinitamente. Lo vemos a sus doce años quedarse tres días en el templo, cuando María su madre y José, lo buscaban por todas partes. Preguntándole por  su actitud contesta muy seguro “¿no sabías que yo tenía que estar en la casa de mi padre?”.

Lo veremos después orar cuarenta días retirado en el desierto, después del bautismo y antes de iniciar su vida pública, ¿pero no acaba de afirmar Dios de que eres su Hijo en quien se complace, qué vas a meditar en el desierto si ya con decir sola una palabra todo se cumple? ¡Pero no! aun consciente de ello y más que nadie, tú te retiras a suplicarle a tu Padre cómo quiere el que realices tu misión. También lo encontramos en las sinagogas, en lugares solitarios, en las cimas de los montes  lugar de encuentro intimo con su Padre, Jesús ora en momentos difíciles para vencer y solo realizar la voluntad de su Padre, cuando bendice los panes o también en la última cena, cuando cura “éfeta”, ora para superar el poder del maligno, y ¿cómo no? en la hora próxima a su muerta,  “Elí, Elí Lama sabactani”.

Son muchos momentos que Jesús se dedica a dialogar con su Padre, y los discípulos han experimentado cómo en estas experiencias de oración, de dialogo continuo Jesús se serena y sale decidido a actuar. Jesús permanece asiduamente unido a su Padre y por eso no puede decir o hacer otra cosa que la voluntad de su Padre. Los discípulos lo admiran y con mucho deseo quieren tener su propia experiencia. Es aquí entonces cuando conmovido es sus corazones e impulsado por un deseo extraordinario, de algo más maravilloso que va ocurriendo en sus vidas, casi sin darse cuenta de ello piden “maestro, enséñanos a orar”. Un don, una gracia más que un ansia interior hiere sus corazones encerrados en deseos mundanos, “enséñanos a orar. Pero a ellos les pasó y a nosotros  nos pasa muchas veces que pensando que somos los que llevamos el timón de nuestra vida luego despertamos de este engaño cuando ya caímos en el charco, cuando nos encontramos cara a cara con nuestra torpeza y nuestra miseria.

El hombre en su ser y dignidad está impulsado al dialogo con Dios. Santa Teresa de Jesús lo entendió perfectamente “tratar de amistad”, y no solo eso, “estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama”. ¡Qué mejor definición que ésta! Muchas veces pienso yo, que en vez de amistad tratamos de cansarle con vana palabrería. Jesús  nos dice que utilicemos pocas palabras en el dialogo con el Padre (Mt  6:5-8). Son destacables los largos ratos que Jesús se mantiene silencioso ante su Padre; a la escucha. Y, es aquí donde pienso que muchas veces no somos capaces de mantener esa unión íntima con Cristo, tal vez porque vamos muy cargados de lo que le contaremos de tal forma que no le dejamos hablar. O porque no somos constantes en ese dialogo. O incluso que en la misma oración se nos atraen otros amores más que a éste Amor silencioso del Padre.

Hermanos y hermanas en Cristo, creo que toda nuestra vida ha de ser un querer “perfeccionar” cada vez más esa intimidad con Dios. A menudo tendría que salir de nuestros labios esa petición de los discípulos “Señor enséñame a orar, enséñame a cerrar la puerta de mi corazón a tantos ruidos y estar en secreto intimo contigo, enséñame  aquello que ocultaste a los entendidos y revelaste a los pequeños, enséñame a decirte y a escucharte, a entregar mi voluntad a la tuya, a descubrir tu Amor eterna para conmigo para que así pueda sumergirme en el mar de tu corazón amante. Dadme a aceptar con disponibilidad y alegría tu acción amoroso, tu caricia y abrazo; tus galas con que adornas a tus esposas. Dame a conocerte hecho camino para mí, a reconocerme morada tuya y tabernáculo tuyo para que nunca me extrañe de tu presencia en mí, porque allí en el fondo de mi corazón, allí donde surgen los latidos de mi corazón está el lugar de mi encuentro contigo, el lecho nupcial de dos personas que se aman y se dan sin limitación. Prepara tú esta morada que hoy te entrego como cosa tuya”. A mi modo de ver y de mi poca experiencia pienso que este debía de ser nuestra oración sincera y humilde. No reconocernos ni pretender ser nada ante Él ya que todo es gracia y don, a la que tenemos que acoger constantemente.

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¿Pero claro, yo no soy una hermana contemplativa? Pero habrá quien se pregunte: ¿Dónde se puede encontrar este silencio ante tanto ruido? Ya sabes, no es posible y encima con todo lo que tengo que hacer, mira que yo soy cristiano, voy a la misa y trato de ser bueno… ¿qué más necesito? Son posibles justificaciones que nos pueden salir así con espontaneidad ya que casi somos automáticos. Y es aquí que la oración viene a ser el “motor” que hace correr el timón de nuestra vida, y tarde o temprano este timón puede pararse si no se carga, ni se le hace su limpieza adecuada. Para estar en relación íntima con Dios, no hace absolutamente falta ser monja ya que esto es una llamada para quien esté destinada a ella. Basta que siempre esté en sintonía continua con Dios. Y yo me pregunto muchísimas veces ¿Quién no se priva de lo que más le gusta para ofrecerlo a su amado? Oye, que cuando queremos hablar de nuestras cosas, aquellas que surgen del amor mutuo buscamos silencio, fuera de distracciones, buscamos intimidad para hablar de nuestras cosas. ¿Por qué muchas veces nos dificulta sacar minutos, no te digo horas ni tampoco días para hablarle a nuestro AMOR de nuestras cosas y que Él nos hable de las suyos? Cuando de verdad estamos ante una persona que ha robado nuestro corazón, somos capaces de cambiar hasta nuestras actitudes para agradecerle, somos capaces de subir montañas y saltar valles que jamás pensábamos, capaces con tal de mantenerlo a nuestro lado y feliz. Somos capaces de sacrificar cualquier detalle aunque nos costará para mostrarle nuestro amor, y, a Aquel que es nuestra fuente de vida, que su Amor abrasa sin consumir, Aquel que solo su Amor basta ¿no entraríamos como abeja a montonazos en la colmena, luchando e intentando todo lo posible de encontrar un espacito libre y después de encontrar el agujerito lugar de intimidad con Él  labrar toda la miel que allí se encuentra?

La oración hermana y hermano mío es una vida hecha Amor  y este Amor siempre entra en nuestras casas si le abrimos. ¿Quieres una vida digna ahora y en la otra vida? Deja que Dios llene tu corazón, deja que Él sea el que actúe en ti, deja que te conduzca que bien sabe lo que te hace falta. Él te creó y te concedió su propio aliento, te conoce cuando te levantas o te sientes. Tu vida y mi vida están en su poder. Él no solo da comienzo a nuestra vida, Él es la misma fuente y la misma meta. Y es en Él, en la oración donde descubrimos quienes somos y para qué vivimos. Es necesario descubrir nuestra identidad a través de esa relación con Dios. ¿Y me seguirán preguntando por qué razón? Porque todo comenzó en Él y solo y únicamente nuestro vivir encuentra sentido en Él. Y no me cansaré de recordártelo que “eres un diseño único y única, irrepetible, muy valioso y perfecto (dentro de nuestra miseria humana), con nombre propio para el mismo Dios. Pues bien tú eres la única persona que puede realizar la misión a ti encomendada por Dios, solo tú podrás realizarlo. No importa lo que pase en un mundo insano como el nuestro, un mundo consumista e individualista, un mundo en que la sangre derramado por cualquier causa parece ser el pan de cada día. Pero tú, precisamente tú  y yo tenemos una tarea que necesita mucha entrega y mucho amor, moverse en contra del temor de lo que nos pueda pasar hoy o mañana con las armas de la fe y el amor. Llegar al otro con la oración, dedicarle al otro tiempo para acompañarlo que tanta falta hace porque cuando un miembro flaquea, todo el cuerpo místico de la Iglesia se debilita, mientras cuando más unidos en la oración estamos, más fuerza hacemos y más sostenidos somos. Rézale a Dios que te ilumine por donde servirle, a qué misión te encomienda, acude a Él que Él te dará a conocer su voluntad sobre ti. No le temas, es nuestro “Abba- Padre”, bonita definición que nos enseñó nuestro hermano mayor, Cristo. Acércale a Él, muéstrale tu deseo y tu miseria, y encontraras el camino adecuado que te llevará al feliz término. Refleja la luz de Dios allí donde te encuentres y otros se encaminaran por tu testimonio.

Hermanos, la verdadera seguridad de nuestra vida se encuentra únicamente en aquello que nadie nos lo puede quitar, nuestra intimidad, nuestra relación con Dios. Esta es mi experiencia personal y una verdad indiscutible, nadie te podrá arrebatar la amistad personal con Dios. No por la necesidad de ser aprobado ni por la presión de quien te rodee,  sino porque eres libre desde que conoces a Dios como tu libertador. ¿Y sabes una cosa?, todo lo que trata de complacer todo el mundo, suele ser un fracaso vestido de éxito. Me hablará de otras tantas seguridades de vida, que son también “guay” pero todas, definitivamente todas, nos llevan a un callejón sin salida; a una vida insatisfecha y una tristeza que poco a poco nos va consumiendo hasta acongojarnos, llegando así a una esterilidad de valores y de felicidad. ¿Por qué hay tanto dolor en el mundo? ¿Tantas espinas, tribulaciones, persecuciones, violencia…? ¿Por qué se han quedado fría tantas relaciones al paso del tiempo en vez de que el amor sea cada vez mayor? ¿Por qué entonces si Dios nos quiere y nos escucha existen tantos dolores y fracasos? Estas son cuestiones que nos planteamos para confundirnos más en lo que verdaderamente no tenemos idea, ni podemos tenerla. Temas fuera de nuestro control pero que fácilmente podemos vencer con una sola certeza, Dios no quiere ni goza en el mal. Para Jesús, todo lo que es contra la dignidad humana y el cuidado de toda la creación  es un dolor tremendo, un dolor que le hace suplicar día tras día a su Abba, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Un verdadero amante de Dios solo puede esperar una cosa, “la aprobación del Señor”. ¿Y, cómo? Porque su poder se realiza en nuestra debilidad. Todo te puede parecer oscuro y sin sentido, pero te olvidas una cosa, ponte ante Dios, toma tu vida entre tus propias manos y viéndola exponle a Él todo lo que te ocurre, tanto lo bueno como lo que menos te agrada. Tenlo por seguro que Él te ve y te conoce perfectamente, ¡no lo temas! Eres su hijo irrepetible y desea lo mejor para ti, ofrécete a Él. Te darás cuenta que estos momentos difíciles de alguna forma nos fortalecen aun en medio de tantas lágrimas, el Señor se vale de nosotros como mediadores de su Presencia y si no ¿Quién podía mejor ayudar a una mujer que le ha traicionado su marido por otra, que quien pasó por esa misma agonía? ¿Quién podía darle esperanza a aquella persona que ha perdida su ser querido sino a otra semejante? ¿Quién podía ayudarle a una drogadicta a salir de esa situación y tomar mejor opción de vida? ¿Quién mejor podía darle esperanza a un extranjero que uno que algún momento sintió abandonado y no se le perdió la esperanza? Y, al fin y al cabo nos damos cuenta que aquellas experiencias, que nos dieron remordimiento…son las mismos que Dios utiliza para ayudar a otros. ¿Y, cuando se llega a esto? Cuando oramos en nuestras tribulaciones y momentos difíciles y llegando aceptar y perdonarnos, utilizar nuestras experiencias para ayudar al prójimo, al que más lo necesite. Solo la relación sincera e íntima con Dios nos ayuda y permite a abrir nuestro corazón de par en par en servicio al otro. Sus cicatrices nos curaron; ¿los cicatrices de hoy el día, como nos curan o nos ayudan a curar a los otros?

Hermanos y hermanas huid de todo lo que te impide entrar en relación con Dios y dejémonos enseñar por Él.

Que Dios les bendiga.

Hna. Catalina Mbevi, osc

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La hermana Catalina María Inmaculada pertenece a la Orden de Hermanas Pobres de Santa Clara (Clarisas) y nació en Kenia en 1984. Actualmente reside en el Convento de Jesús a la Columna, Belálcazar – Córdoba (España)

Ama a tu Orden.

¿Porque la Iglesia no vende sus “tesoros”?