«Kolbe te impactaba, querías imitarle», recuerda un franciscano de 97 años que convivió con él.

A sus 97 años de edad, el padre Lucjan Krolikowski es uno de los pocos franciscanos vivos que compartieron comunidad con San Maximiliano Kolbe (1894-1941). Canonizado por San Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982 como “mártir de la caridad”, pues fue asesinado en Auschwitz al ofrecerse para morir en el lugar de un padre de familia, el padre Kolbe ya tenía fama de santidad, como corrobora quien fuera seminarista en el monasterio de Niepokalanow, fundado por el santo. Allí convivió con él durante tres años.

“Te impactaba, querías imitarle”

“Niepokalanow era el mayor monasterio del mundo, como Cluny en la Edad Media”, evoca el padre Krolikowski en una entrevista concedida a National Catholic Register. “Éramos 800 hermanos, muchos sacerdotes y 130 seminaristas. El principal objetivo de la comunidad era imprimir prensa católica, como nuestra revista mensual, El caballero de la Inmaculada. Queríamos enseñarle a la gente la fe católica y cómo ser santos”, explica.

El padre Krolikowski vive hoy en una residencia para sacerdotes ancianos en Connecticut (Estados Unidos). A punto de cumplir un siglo de vida está en plena actividad, y aún en 2012 publicó un libro autobiográfico, A Franciscan Odyssey [Una odisea franciscana].
Y añade enseguida: “El padre Maximiliano Kolbe dirigía el apostolado y era el alma y el corazón de la comunidad. He conocido unas pocas personas santas en mi vida, pero el padre Maximiliano Kolpe era, en mi opinión, el más santo. Te impactaba, querías imitarle“. Y explica que destacaba sobre todo por una humildad extrema.

En el monasterio de Niepokalanow: San Maximiliano Kolbe es el único fraile con barba, sentado en primera fila; en tercera fila, en el centro, el único sonriente de la foto, el padre Lucjan Krolikowski. Fuente: Fundación-Museo Kresy-Siberia.

Una vida marcada por un ejemplo

Porque también él tiene una historia que contar. Nació en 1919 en una familia católica, de padre panadero y madre dependiente en unos ultramarinos. Desde muy pequeño leía Maly Dziennik, el diario que se hacía en Niepokalanow, donde escribía el padre Kolbe: “Lo leía de cabo a rabo, y desde muy temprana edad quise ser sacerdote como Maximiliano Kolbe“.

Un tío suyo, sacerdote franciscano también, le animó a ello e ingresó en la comunidad como seminarista en 1934. Allí se formaban como seminaristas. El padre Kolbe visitaba todas las secciones y estaba a menudo con ellos: “Quería que fuésemos misioneros como él y que fuésemos a Japón [donde él había fundado un monasterio] o a cualquier lugar del mundo a difundir el Evangelio. Nos hablaba con voz suave, porque había padecido tuberculosis en un pulmón”. Y desde la emisora de radio que había puesto en marcha “quería difundir en la Unión Soviética el mensaje de que todos somos hermanos e hijos de Dios, y que Él es nuestro Padre: nuestros paders nos transmiten la vida, pero la vida misma procede de Dios”.

El mártir

El padre Krolikowski hizo sus primeros votos tres días antes de que Alemania y la Unión Soviética invadiesen Polonia el 1 de septiembre de 1939. El 19 de septiembre, el padre Kolbe fue detenido por los nazis y la comunidad se sintió “destrozada” porque “los hermanos querían tanto a Maximiliano Kolbe que muchos ofrecieron su vida por su liberación. Pero la Gestapo le dijo a nuestros religiosos que aunque enviasen veinte o treinta hombres a cambio de él, no lo soltarían: era demasiado valioso“.

San Maximiliano Kolbe: sus captores no lo habrían intercambiado ni por treinta de sus hermanos de religión. Conocían el valor de la pieza cobrada.

Kolbe estuvo detenido en varios campos hasta llegar a Auschwitz el 28 de mayo de 1941. A finales de junio hubo una fuga y en represalia iban a ser fusilados diez prisioneros. Cuando dijeron el nombre de uno de ellos, Francisco Gajowniczek, el fraile dio un paso al frente y dijo que era sacerdote católico y se ofreció a sucumbir en su lugar. Les encerraron en una celda hasta que muriesen, donde lo fueron haciendo en las tres semanas posteriores con el consuelo personal y espiritual del santo. Pero Kolbe aún siguió vivo más tiempo, apoyado en una pared y rezando, así que el 14 de agosto le administraron una inyección y le enviaron al cielo justo en la víspera de la Asunción.

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Un franciscano en Siberia, el Himalaya, Beirut, Tanzania

Krolikowski también fue detenido, pero por los comunistas. Acababa de concluir sus estudios de filosofía y de empezar los de teología. Nunca supo de qué se le acusaba: “Supongo que los soviéticos querían liquidar a cualquiera que pudiese influir en el futuro de la nación o dirigirla. Stalin ordenó asesinar a 10.000 oficiales polacos en Katyny acusó a los alemanes. La guerra fue devastadora para Polonia. Tanto la Gestapo como la NKVD [la Policía secreta soviética, sucesora de la Cheka y antecesora de la KGB] detuvieron gente destacada y la mataron o la enviaron a campos de concentración”.

Al padre Krolikowski le enviaron a Siberia, condenado a diez años. Allí se dedicó a cortar árboles en jornadas de 14 horas al día, siete días a la semana. Pasaban hambre, porque sólo les daban pan, nunca carne, frutas o verduras. Jamás recibieron ropa ni tuvieron agua caliente.

Fue liberado duando Hitler invadió la Unión Soviética. Sus primeros votos se habían extinguido durante el cautiverio y volvía a ser un laico, así que se enroló en el ejército polaco en el exilio y se formó como oficial de artillería. Estuvo destinado en Bukhara, al pie del Himalaya. Luego encontró un destino en Beirut, y allí cursó toda la teología en una universidad jesuita del Líbano, y se ordenó sacerdote en 1946. Está a punto, pues, de cumplir 70 años de sacerdocio.

En Beirut: Krolikowski, aún militar, es el primero por la izquierda.

“Podía seguir como sacerdote diocesano, o continuar con los jesuitas, o volver a ser franciscano… ¡pero San Maximiliano Kolbe tiró de mí, aunque yo por entonces ni siquiera sabía que había muerto!”, recuerda el padre Krolikowski. Tampoco su familia, que había sido expulsada de su hogar por los nazis, sabía que él había sido ordenado, y de hecho pensaban que seguía en la Unión Soviética.

Así que retornó a su orden original de los franciscanos conventuales y fue destinado a Tanzania, a un campamento de refugiados polacos. Tenía 28 años y cuenta que llegó a ascender al Kilimanjaro.

Padre adoptivo de 146 huérfanos
En 1949 se deshicieron los campos y tenía que volver a una Polonia donde los comunistas habían ya instaurado su férrea dictadura. Así que decidió escapar, pero no lo hizo solo. Con la ayuda de una señora, apadrinó a 146 niños huérfanos, menores de 9 años, cuyos padres habían muerto en los gulags, y se los llevó a Canadá, donde fueron escolarizados por sacerdotes francófonos.

En Tanzania, con los huérfanos polacos. Krolikowski es el primer sacerdote por la izquierda, con gafas.

Todavía hoy mantiene contacto con ellos y se reúnen de vez en cuando, e incluso consagró un libro a su historia: Stolen Chilhood. A Saga of Polish War Children [Infancia robada. Una saga de niños de la guerra polacos].

Hasta el colapso del comunismo nunca pudo volver a Polonia: “Mi madre jamás pudo verme como sacerdote“, lamenta Krolikowski. Tuvo primero un destino como párroco en Nuestra Señora de Czestochowa en Montreal, y luego fue trasladado a Buffalo (Nueva York), donde se aplicó durante 34 años al apostolado radiofónico para los polacos de Estados Unidos y Canadá, además de mantener escuelas y parroquias para niños inmigrantes de ese origen.

En 1974 les visitó el cardenal arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, quien se metió en el estudio con el padre Krolikowski y dirigió una charla a los oyentes. Ocho años después, el franciscano volvió a encontrarse con él en Roma, para la canonización de alguien tan querido para ambos.

Elegí la vida de Maximiliano Kolbe“, confiesa el casi centenario fraile, “y me sentiría feliz de volver a hacerlo de nuevo”.

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Señor, sálvame.

¿Quién fue San Maximiliano Kolbe?