Francisco Solano Casey, OFMCap beatificado.

CARTA CIRCULAR DEL MINISTRO GENERAL

con motivo de la

BEATIFICACIÓN DEL HERMANO

FRANCISCO SOLANO CASEY, sacerdote capuchino

 

 

  1. Una vida educada en la fe.

Por segunda vez en este año, el Santo Padre Francisco ha donado a la Orden un nuevo beato: Francisco Solano Casey, sacerdote de la Provincia del Calvario en los Estados Unidos de América.

Él es el primer beato de la Orden en los Estados Unidos de América. En su espiritualidad brillan de una manera especial todas aquellas virtudes queridas por San Francisco que los capuchinos han sido capaces de reinterpretar y reproponer en las cambiantes circunstancias del tiempo y de los lugares: humildad,  simplicidad, pobreza, paciencia, alegría, amor a Cristo y al prójimo; todas estas virtudes puestas al servicio de la escucha y de la consolación.

Bernardo [Francisco Solano] Casey, el sexto de dieciséis hermanos, nació en Prescott, Wisconsin (EE.UU.) el 25 de noviembre de 1870 en una familia de campesinos de origen irlandés. Los padres, Bernard James Casey y Ellen Elisabeth Murphy, impartieron a sus hijos una sólida educación religiosa: tres de ellos llegaron a ser sacerdotes.

Al terminar la escuela primaria, el joven Bernardo emprendió diversas ocupaciones: trabajador agrícola, leñador, mecánico, electricista, guardia de la prisión, conductor de tranvía, panadero. De carácter fuerte y voluntarioso, estaba dotado de un profundo espíritu altruista y una agradable dosis de buen humor.

  1. Señor, ¿qué quieres que haga?

En 1892, a la edad de veintidós años, Bernardo ingresó al seminario diocesano de San Francisco de Sales en Milwaukee. Al no poder pagar la cantidad total de dinero, se ingenió para hacer de peluquero de sus compañeros. Debido a su edad avanzada y a su preparación inadecuada, encontrará enormes dificultades en sus estudios al punto que, después de cinco años de seminario, los superiores le aconsejaron abandonar la perspectiva del sacerdocio y le sugirieron que se hiciera religioso.

Bernardo aceptó su consejo, con humildad y confianza, tratando de entender lo que Dios quería de él. Durante el verano y el otoño de 1896, a menudo cayó enfermo, sufriendo de un mal de garganta que lo acompañó por el resto de su vida. Con el apoyo de su madre y de su hermana Elena continuó orando para entender qué debía hacer. Significativo fue el encuentro con el hermano Eustaquio Vollmer, un hermano menor que lo animó a probar su vocación entre los Hermanos Menores, aunque sin descartar a los Hermanos Capuchinos. El joven Bernardo en verdad no mostraba mucho entusiasmo por los Hermanos Capuchinos porque en ese tiempo en la Orden se utilizaba principalmente el idioma alemán y las dificultades con esta lengua ya habían surgido en el seminario. Tampoco se sentía atraído por tener que usar la barba de por vida. Así pues, presentó su pedido tanto a los Hermanos Menores como a los Hermanos Capuchinos y comenzó una novena a la Virgen para pedir un poco de luz.

 

  1. Una novena a la Inmaculada y luego se presenta a los Hermanos Capuchinos

En las vísperas de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción del año 1896 comprendió que tenía que ir a los Capuchinos en Detroit. El 14 de enero de 1897, en el convento de San Buenaventura en Detroit, comenzó su noviciado, dejando las dudas atrás. Concluido el noviciado, el 21 de julio de 1898, emitió la profesión retomando los estudios de teología en el Seminario Seráfico de Milwaukee. Los idiomas utilizados para la enseñanza, el alemán y el latín, no le facilitaron ciertamente el aprendizaje. Sin embargo, a pesar de esta dificultad, los superiores decidieron ordenarlo sacerdote, alentados por las palabras del Director de Estudios: “Ordenaremos al hermano Francisco Solano y, como sacerdote, él será para el pueblo una especie de cura de Ars”. El 24 de julio de 1904, recibió la ordenación sacerdotal como sacerdox simplex, con la fatigosa cláusula de no confesar ni predicar en público. La limitación impuesta a su ministerio fue ciertamente una humillación continua y una cruz pesada, pero el hermano Francisco Solano acogió la decisión de los Superiores con un espíritu de fe y gran humildad.

 

  1. “Hombre y sacerdote simple”: de una limitación brota una vida santa

Inmediatamente después de su ordenación, comenzó la gran aventura del hermano Francisco Solano sacerdox simplex [sacerdote simple] o, como a menudo firmaba en sus cartas, homo simplex [hombre simple], al completo servicio de los hermanos y de los más pobres y necesitados que se acercaban al convento en busca de ayuda. A partir de este momento, siempre tuvo responsabilidades reservadas ordinariamente a los hermanos laicos.

Su primera obediencia lo condujo a la fraternidad de Yonkers (1904-1918), como sacristán y asistente de las mujeres que cuidaban el decoro de la iglesia. A continuación, una nueva obediencia lo llamó a Manhattan (1918-1924), como portero y promotor de la Obra Seráfica de las Santas Misas para la ayuda de las Misiones Capuchinas. Este compromiso que podría parecer una simple función administrativa,  fue transformada por el hermano Francisco Solano en una promoción de la participación en la Santa Misa, de la animación misionera y de la necesidad de orar por los difuntos. Inscribiendo en el registro el nombre del donante, incluía también sus intenciones particulares. Inscribía a todos, incluso a aquellos que no tuvieran para dar una pequeña ofrenda. La gente sencilla había comprendido que el hermano Francisco Solano no era un funcionario, un administrador, sino que era una persona que los acogía, los escuchaba  y en su oración llevaba los dolores de todos al Señor. Y los frutos no faltaron porque el hermano Francisco Solano se encontraba ocupado todo el día escuchando, consolando, instruyendo y acompañando a mucha gente. Desde 1923, bajo obediencia del superior, tenía un registro donde la gente anotaba las gracias recibidas, remarcando que estas eran el fruto de la oración, de la participación en la Santa Misa, de la celebración de los sacramentos. A muchos que habían recibido una gracia solía repetir: “Todo es posible para el que tiene fe en Dios, en su bondad, su misericordia y en la intercesión de la Virgen María, la Obra Maestra de Dios.”

El 1 de agosto de 1924 el hermano Francisco Solano fue trasladado al convento de San Buenaventura en Detroit, como colaborador en la portería y permaneció allí hasta 1945. El portero oficial era también el sastre de los hermanos, debido a que la portería no era tan visitada. Conforme pasó el tiempo, el timbre sonó con más frecuencia y la puerta siempre se abría para hablar con el colaborador del portero. En este período Francisco Solano también fue designado para presidir la bendición de los enfermos, llamada de San Mauro, impartida con la reliquia de la Santa Cruz, que se celebraba todos los miércoles. La celebración había sido introducida antes de su llegada, pero con él tuvo un desarrollo extraordinario.

Durante los veintiún años de presencia en Detroit, el hermano Francisco Solano atrajo una multitud de personas que acudía a él, atraídos por la fama de sus virtudes y por las gracias extraordinarias atribuidas a sus oraciones.

El 21 de julio de 1945 recibió la obediencia de dejar la Fraternidad de Detroit, donde había dejado un signo profundo y real de su caridad, y de transferirse a Brooklyn (1945-1946). Este cambio fue necesario para proteger su salud (en efecto, sufría de un eczema severo), pero sobre todo para evitar que su nombre fuese utilizado por una Asociación para vender libros. Sin embargo, la gente continuó buscándolo y, después de un período de tranquilidad, su ritmo de acoger a las personas o de responder a las numerosas cartas había retomado la frecuencia de antes.

El hermano Francisco Solano Casey tenía ahora 75 años y su salud estaba en declive; por tanto, sus superiores pensaron en reducir su servicio transfiriéndolo a la fraternidad de Huntington (1946-1956), lugar tranquilo en la campiña de Indiana. El cambio se mantuvo oculto durante unos meses, pero una vez difundida la noticia de su nueva residencia, la gente acudió aún más numerosa que antes a la puerta del convento.

El 25 de enero de 1947 celebró los 50 años de profesión religiosa en Detroit con una gran multitud que quiso participar en este aniversario; mientras que el 28 de julio de 1954 en Huntington celebró los 50 años de sacerdocio. Su salud, sin embargo, disminuía lentamente; y después de repetidas internaciones en un hospital de Detroit, los superiores decidieron dejarlo en el convento de San Buenaventura en Detroit, donde murió el 31 de julio de 1957, a la edad de 87 años

  1. Don de sí, acogida y gratuidad: una vida plenamente realizada.

El hermano Francisco Solano pasaba hasta diez horas al día en la portería, sin concederse nunca un receso o unas vacaciones. Su servicio se había convertido en un verdadero apostolado hecho de buenas palabras, caridad y paciencia, todo vivido en la obediencia. Lo que sostenía su vida diaria era el deseo de vivir, en cada detalle, el mandamiento del Señor: “Ama al Señor tu Dios y ama a tu prójimo”. El hermano Francisco personificó este precepto con simplicidad: convertirse en un don para el otro, sea quien sea. Su deseo de hacer siempre la voluntad de Dios, no se realizaba en la búsqueda de una forma externa que podría ser adecuada para él, porque “la caridad no busca el propio interés” (1 Cor 13,5), no tiende al cumplimiento de una ley anónima ni a la búsqueda de un proyecto individual, sino a la libre realización del plan amoroso de Dios. La voluntad de Dios interpela nuestra libertad, que es un don suyo, y es una llamada a unirse a su proyecto. Esta adhesión está mediada por palabras y decisiones humanas que la razón a menudo tiene dificultad en comprender y aceptar. Los santos nos muestran que cuando la libertad humana acoge la voluntad de Dios, con el amor y la confianza, nace el hombre nuevo, libre de sí mismo, capaz de saborear y vivir los frutos de la Redención. El hermano Francisco Solano vivió como hombre redimido, deseoso de cumplir la voluntad de Dios, siguiendo tres líneas principales que él mismo había anotado en su diario durante el noviciado: el deseo de dar gloria a Dios, vivir en la escucha de Jesús y el compromiso para la salvación de las almas.

El hermano Francisco Solano nació y creció en una familia católica y esta fue la primera escuela de fe que dejó una marca indeleble en su vida. En  familia había aprendido a orar en cada momento de la vida cotidiana. Su mirada y sus pensamientos se habían formado en el deseo de hacer el bien a los hombres, sin distinciones de tipo étnico o religioso; y esto no se podía dar por descontado en el contexto histórico y social estadounidense al inicio de siglo pasado, donde convivían hombres y mujeres de diferentes nacionalidades y denominaciones religiosas. Esta coexistencia generaba, no pocas veces, conflictos y oposiciones; se daban reivindicaciones para defender la propia autonomía y actitudes de cerrazón para defender la propia identidad cultural. El hermano Francisco, acogedor con todos, no excluía a nadie y esto ha hecho de él uno de aquellos “últimos que serán primeros,” de quienes habla Jesús. La persona que llamaba a la puerta del convento, encontraba en el hermano Francisco un hombre amable, que no medía el tiempo, y sobre todo que escuchaba. El don de sí comenzaba precisamente con una actitud de acogida serena.

  1. Algo que deberíamos desear y se aprender

Hermanos, ¡recuperemos y vivamos esta acogida serena y gratuita! Vivamos esta acogedora gratuidad en nuestras fraternidades y con las personas a las que nos relacionamos diariamente. Reencontremos la alegría de ser no solo los “hermanos del pueblo”, sino los “hermanos con el pueblo”. Hoy en día, con el ritmo apremiante y estresante impuesto por la sociedad y por el proyecto cada vez más evidente de hacer del hombre un instrumento para producir riqueza, se hace necesaria la presencia de personas que escuchen, que se inclinen con discreción y ternura ante las heridas del alma, que hagan conocer nuevamente a los pobres y a los desesperados el valor de su dignidad, acompañando las palabras con la caridad activa. Todo con gratuidad extrema; nuestra alegre recompensa es el escuchar nuevamente aquella palabra de Jesús: “A mí me lo hicísteis”.

Incluso entre nosotros, ¡edúquenos en la gratuidad! Permitamos que diariamente  nuestro “mucho por hacer” tenga una pausa para reencontrarnos en un momento de reposo, de recreación con los hermanos. No nos ilusionemos pensando que la pantalla de una computadora que nos dice que tenemos 1000 o más “amigos” en las diferentes redes sociales, y que satisface nuestra ansia de estar constantemente informados acerca de todo, o el continuo “chatear” y responder a los mensajes que llenan nuestro teléfono móvil, puedan reemplazar el valor relacional de hermanos que se encuentran gratuitamente para escucharse, sonreír juntos, tal vez compartir con un poco de ironía que a menudo abaja las tensiones. El hermano Francisco Solano, para animar a sus hermanos, sostenía el violín y su música se convertía en un don agradable para todos. El encontrarse en las comidas, apagando el teléfono celular y donándonos un poco de tiempo en el espacio diario que nuestra tradición llama la recreación, es la forma más simple para dar continuidad y concreción a la celebración de la Eucaristía y a la oración común y personal.

 

  1. ¿Qué “bienestar “?

En su ambiente familiar, el hermano Francisco Solano había aprendido la sobriedad y la necesidad de ganarse el pan. Esta educación le permitió poder apreciar el valor de las cosas, al contrastar la visión individualista que mora en la vida humana que busca solo pretensiones y derechos. A menudo, cuando se tiene todo, sin ningún esfuerzo o compromiso personal, sujeto a la lógica del “lo merezco todo “, ya no se es capaz de percibir la necesidad del otro y se tiende a encerrarse en el propio bienestar egoísta. Esta actitud que genera una lógica sutil de marginación del prójimo no tiene nada que en común con el seguimiento de Jesucristo. Quien cae en este tipo de componendas ya no es capaz de vivir la obediencia que es disponibilidad para el Reino, sino que el centro de todas sus expectativas se convierte en la propia realización, cuyo fin es “mi bienestar” no dejándose afectar por nada ni nadie.

  1. El pobre: una persona sagrada y digna

En el momento de la gran crisis económica de los años veinte del siglo pasado, el hermano Francisco Solano fue destinado a Detroit. El contacto con la dura realidad de los que no tenían nada que comer, lo transforma o, mejor, permite que se manifieste de un modo maravilloso un aspecto de su caridad:  recibir a los pobres en la puerta del convento con el mayor respeto por la santidad y dignidad de sus personas. A aquellos que se dirigieron a él, el hermano Francisco nunca preguntó de dónde provenían, qué fe profesaban, si tenían una necesidad real o fingían. Trató a todos con compasión y sensibilidad, dando a cada uno lo que correspondía, sin favoritismos, sin parcialidades. En él, el pobre encontraba un amigo y un confidente; Delante de él, la vergüenza de mostrar su propia pobreza y malestar se desvanecía. Los ojos y las palabras de ese buen fraile, sacerdote portero, no expresaban ningún tipo de desprecio o juicio, sino que solo mostraban el deseo de comprender, ayudar y confortar. El hermano Francisco Solano sabía muy bien que cuanto podía dar a los pobres era don de la Providencia, que se manifestaba en la generosidad y la sensibilidad de los benefactores. El poder administrar y distribuir tanta Providencia lo hizo “dueño de nada”, y no se gloriaba de lo que donaba cada día  a los pobres. Su caridad no era para sentirse orgullosamente bueno ni mejor que los demás, sino que era vivir el encuentro con su Señor en el pobre, era la conmovedora certeza de cumplir la palabra de Jesús: “A mí me lo hicísteis”. Todo vivido en la gratuidad, recordando a la gente que el Señor es el dador del bien.

  1. Una vida feliz, a pesar de …

La humildad del hermano Francisco es el rasgo de su vida que más impresiona. Estamos asombrados de cómo, frente a la negación de ejercer plenamente el ministerio sacerdotal, la docilidad al Espíritu haya generado una existencia realizada, bella, plena. El hermano Francisco aceptó la realidad, que sin duda se presentó a veces dura, especialmente cuando tuvo que soportar la comparación de los que lo consideraban un sacerdote de serie B. Esto no fue impedimento para asumir e integrar el límite que su historia vocacional le ponía delante. Él no impugnó una decisión que podía y puede parecer contraria a la dignidad de una persona, la acogió pasándola por el crisol de la fe en Jesús, Señor Crucificado y Resucitado. El crisol purificó las consideraciones humanas y dotó al hermano Francisco de un enraizamiento profundo en la persona de su Señor, donde nuestra humanidad encuentra paz y felicidad. Esta condición creó en el hermano Francisco un corazón capaz de consolar, sostener, acompañar el dolor y el drama de tantas personas.

  1. Un agradecimiento especial

Queridos hermanos, el beato Francisco Solano Casey aumenta la ya larga lista de santos y beatos de nuestra Orden. ¡Bendigamos al Señor por su bondad! Que Él nos haga más deseosos de vivir nuestra vocación a la santidad.

Aprovecho esta feliz ocasión, para agradecer a los hermanos Carlo Calloni, Postulador General, y Tony Haddad, Asistente del Postulador General, por su generoso compromiso, sobre todo por el maravilloso tríptico de santidad que ha alegrado a nuestra Orden en los últimos meses: El beato Arsenio de Trigolo, san Ángel de Acri y el beato Francisco Solanus Casey. Deseo también extender mi gratitud a todos los hermanos Vice-Postuladores que en las Circunscripciones de nuestra Orden donan tiempo y energía para colaborar con las muchas causas de canonizaciones en curso.

El beato Francisco Solano obtenga a todos los hermanos de la Orden, y en particular a los hermanos de la Provincia del Calvario, un auténtico espíritu de fe capaz de mirar la realidad de nuestros días para responder a las diferentes necesidades de los hombres de nuestro tiempo.

Fraternalmente,

 

 

Hno. Mauro Jöhri

Ministro general OFMCap

 

Roma, 1 de noviembre del 2017

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