Francisco de Asís, una mirada fresca sobre un mundo nuevo.

“El meollo de su visión [de S. Francisco] era una mirada fresca sobre un mundo nuevo que bien pudiera haber sido creado aquella mañana mis­ma. Fuera de las grandes cosas primordiales: la cre­ación, la historia del Edén, la primera Navidad y la primera Pascua, para Francisco el mundo no tenía his­toria” (G. K. Chesterton, 1923, San Francesco d’Assisi, Milano (ed. 2016), p. 150).

 

‘Una mirada fresca sobre un mundo nuevo’. Pero me pregunto… ¿Cómo hizo nuestro amado hermano Francisco para llegar a este profundo conocimiento de la presencia eterna e inextinguible del amor y de la misericordia de Dios en el mundo, en la propia vida y en el universo creado? ¿Qué sucedió en su interior que le permitió ver cara a cara acontecimientos de violencia, odio, guerra y destrucción, de explotación abusiva de los seres humanos y del medio ambiente natural, sin quedar atrapado en la desesperación ni perder el sentido de la bondad que tienen todas las cosas que existen?

Hay dos fuentes detrás y en la base de los diversos momentos de la conversión personal de Francisco. No olvidamos que Francisco no cambió vida de una vez por todas cuando renunció a la abundante herencia de su padre y se envolvió en los vestidos de los pobres. Al igual que todos los seres humanos, Francisco fue llevado gradualmente a algunos momentos de decisión cuando debía hacer una elección para bien o para mal, para Dios y para la humanidad, o para sus intereses egoístas. Estos dos caminos se encontraron frente a frente y no pueden ser disociados el uno del otro.

Con respecto a este proceso, quiero enfatizar dos aspectos básicos:

Primero, Francisco se encontró frente a la realidad del mal a través de realidades crudas tales como: la violencia y la guerra entre los estados que se peleaban las ciudades de Italia; avaricia y explotación sistemática de los pobres y los débiles; la contención por Dios y el poder entre la Iglesia, el Podestá, la aristocracia y la clase financiera emergente. Francisco entró progresivamente en contacto con los que se convirtieron en víctimas del sistema en la sociedad de Asís. También fue un testigo de primera mano de las consecuencias de la violencia, del lento proceso de deshumanización que ocurrió en su propio corazón y en los corazones de todos los involucrados en la continuación de la guerra. Lo que somos capaces de reconstruir de las primeras etapas de la conversión de Francisco nos pone delante de una imagen: el rostro de Jesús crucificado y resucitado, colgado de la cruz en la iglesia en ruinas de San Damián. Fue Jesús crucificado, quien extendió la mano y lo tocó tiernamente, desde la cruz, el dolor y la confusión de Francisco, no juzgándolo ni regañándolo, sino ofreciéndole una mirada compasiva, misericordiosa, amoroso sin distinción. Fue esta experiencia de compasión de Cristo quien abrió el corazón y la mente de Francisco a la posibilidad de recuperar la esperanza, la paz y la alegría.

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El segundo aspecto del proceso de conversión de Francisco está relacionado a su contacto directo con una humanidad sufriente, alienada, desfigurada y abrumada por una sensación de desesperación. Hoy en día, por desgracia, en muchas partes del mundo, la influencia de las fuerzas destructivas que generan el sentido de la llamada cultura de la muerte: el movimiento para ponerle fin a la vida a través de la eutanasia en varios países del norte de Europa; ataques inesperados y locos en París, Londres, Las Vegas, pero también en Somalia, Yemen, Siria y otros lugares del mundo de hoy; el maltrato de los refugiados; el fin de un discurso civil entre los políticos y el abandono del sentido del bien común. En todas estas situaciones reconocemos el grado al que los seres humanos hemos llegado, perdiendo todo sentido de la dignidad y la belleza de la vida y encerrándonos en una visión de la vida que no está abierta a la esperanza, a la presencia de Alguien que está  detrás, debajo, delante a nosotros, y sobre todo en el corazón de la historia humana, en el corazón de Dios. Francisco también se enfrentó a las diversas amenazas contra la dignidad, la esperanza y el futuro de la humanidad. Sin embargo, no se escapó ni se escondió de esta desfigurada realidad humana. En lugar de encerrarse y protegerse, Francisco escogió ir al encuentro al corazón del mundo, abrazando y acompañando la humanidad, ofreciendo amor, misericordia, compasión, esperanza a todos los que encontraba, como lo hizo Jesús en su vida y en su misión.

Queridos hermanos y hermanas, nuestra fe nos dice que el nacimiento de la nueva creación es un don de Dios y se transmite a través de la encarnación, el sufrimiento y la muerte, y por supuesto a través del don de la resurrección de Cristo. Nuestra fe también nos dice que la única manera para que esto se haga realidad en nuestras vidas es que hagamos la elección cotidiana de actuar como mensajeros de amor, de misericordia y de esperanza. Por lo tanto, abrazando libremente la vía de la compasión y del amor, nos convertimos en miembros del cuerpo de Cristo, co-creadores con Dios en el acto de la nueva creación que se lleva a cabo en todos los acontecimientos de la historia, un acto incesante de amor gratuito realizado en la vida, en la muerte y en la resurrección de Jesús. Que el Espíritu de Dios encienda el fuego en nuestros corazones y nos de la gracia de abrazar el camino de la nueva creación en Jesucristo, ¡todos los días de nuestras vidas!
¡Feliz Fiesta de san Francisco!

 

Fr. Michael Anthony Perry, OFM
Fiesta de S. Francisco de Asís
4 de octubre de 2017 – Basílica de S. Francisco, Asís

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