Franciscanas de Gante, una obra franciscana al servicio de los mayores.

En 49 años de historia, en el momento más poblado había 43 y las instalaciones tienen capacidad para atender hasta unos 30.

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La religiosa santafecina Amalia Cardona se quedó 10 años en el Chaco en su primera visita. Volvió luego hacia el 2000 y acompaña la obra franciscana hasta hoy.

Al frente está la religiosa Amalia Cardona, de las Franciscanas de Gante, una congregación belga de 300 años. Ella nos condujo en un recorrido por los diversos espacios de un edificio ampliado, reconvertido y cuidado. En cada punto se detiene para describir qué había antes de lo que vemos, qué se hacía, qué cambió. Empezamos por el comedor y terminamos en la sala de recepción. Pasamos por habitaciones, cocina, sala de estar, patios, galerías, un sector dedicado a la atención de la salud: enfermería, especialistas como siquiatra o kinesiólogo y los baños.

En una puerta preguntamos por unos dibujos infantiles, “son regalos de los chicos que nos visitaron, los abuelos también dibujan y pintan muy bien, si vieran”, dice.

Amalia convive con la comunidad desde 1972 cuando llegó por primera vez, luego le siguió un paréntesis y en una segunda etapa regresó hasta la actualidad. Ya acumula diez años consecutivos.

De aquella segunda vez recuerda que la hermana Margarita, la fundadora de la obra en la ciudad, la convocaba con insistencia. Amalia atendía un hogar con 40 chicas en un hogar cercano a Paraná, Entre Ríos. Su indecisión se extendía porque para esa época los cortes de ruta aislaban por varios días a los viajantes. “Yo no quería venir porque tenía miedo, ella insistió, vine y me quedé hasta hoy”, sonríe.

La religiosa es santafesina, nació en una pequeña localidad próxima a San Justo. Su primer contacto con la vida del hogar requería muchas horas de trabajo, por ejemplo, para lavar la ropa de todos los ‘viejitos’: “Teníamos un lavarropas común, había sacos que extendíamos temprano porque no había secarropas”-señala un sector imaginario, ahora cerrado y que en otro tiempo seguramente era abierto y soleado. “Se cocinaba sábados y domingos porque de lunes a viernes la guardería nos daba la comida”, continúa.

Al lado de las parrillas, en un espacio que funciona como sala de juegos o socialización también hay una parrilla. “Acá había un pequeño fogón que se solía usar en invierno para calentar el ambiente y el agua para mate a toda hora, está en desuso para prevenir accidentes”, agrega.

Antes

Hasta unos pocos años el hogar era mixto, ahora solamente hay hombres.

La edad promedio es 80 años, el más joven tiene 59 y el mayor falleció recientemente: Honorio Benítez tenía 107 años y vivió 30 años en el hogar. Cuando había ingresado estaba ciego y se adaptó tan rápido que cada vez que llegaba un nuevo se ofrecía como guía. “Él solía calentar el agua en el fogón”, comenta Amalia.

Como Honorio casi todos no tienen un lugar donde vivir o perdieron familiares. Hay hombres solos que trabajaron toda su vida para un patrón, hasta que enfermaron y se quedaron sin posibilidad de seguir por sus propios medios. La mayoría tuvo una vida muy dura, de privaciones y de intenso trabajo físico.

Como en la vida, hay situaciones muy singulares: problemas de sobrepeso, de salud e historias de profundos conflictos vinculares. Para todos, el personal organiza actividades que ‘los amigue’ con un compañero de estadía o con algún otro poblador de la zona.

“Entre ellos se cuidan y ayudan, y aunque a veces se pueden desencontrar, están también los que salen en defensa del compañero”, comenta Adela Terzi, de la cooperadora.

“No tienen horarios, se pueden ir a dormir temprano, pero a la una o tres de la madrugada hay algunos que se levantan a preparar unos mates”, agrega Secilia Ayala otra de las integrantes de la comunidad.

La mayoría de los ancianos proviene del campo. Algunos llegan a un hospital con problemas graves de salud y de allí los derivan al hogar. “Incluso sus mismos patrones piden que vengan acá”, apunta Amalia. La experiencia personal de buscar en San Justo un lugar para un familiar, la llevó a una certeza: “como el hogar de Quilitipi no hay”, dice. “Acá salen a pasear, tienen sus momentos para ir a la plaza o visitar lugares. En otros hogares se quedan siempre encerrados. Cuando vamos a encuentros con otros también vemos la diferencia que hay con nuestros viejitos del monte”. Para ella la fórmula de especialización en el trato de adultos mayores es el afecto: “Hay que querer, igual después una se encariña”.

¿Cómo se imagina el futuro del lugar dentro de cinco o diez años?

-Dios dirá. Soy la última de mi congregación acá porque somos pocas y aunque hay otras más jóvenes todavía les queda un largo camino de formación por delante.

Respaldo incondicional

Adela Terzich, de la cooperadora, destaca que así como la atención implica una dedicación de 24 horas diarias, el pueblo lo sabe y siempre tiende una mano.

“La cooperadora ahora no hizo muchos beneficios este año porque la situación está mala, sin embargo los vecinos suelen donan algo de dinero que, por ejemplo, nos permite comprar unos ventiladores”, describe.

Otra forma de acompañar la obra es con la donación de un animal faenado. Así para un fin de semana asan un lechón o un chivito, que los mismos ancianos piden. “Y si por alguna razón pasan por una internación, enseguida piden volver porque en el hogar la comida es más rica. Hoy se almorzó milanesa con ensalada”, ejemplifica Secilia.

El Estado paga los sueldos de una docena de empleados distribuidos en varios servicios. El personal cumple tareas de enfermería, cocina, higiene personal, cuidado y curaciones; la mayoría percibe una beca.

La administración del hogar también recibe recursos públicos -raciones de comida- que a veces alcanza y a veces no. Pese a recibir partidas de marzo, están al día con las cuentas a proveedores. Ese dinero paga la mayor parte de los alimentos, un poco de la factura del teléfono y otro tanto para el combustible del vehículo. Lo que falta, se cubre con el aporte de los abuelos (como los medicamentos) o donaciones.

Familiares de un anciano que estuvo apenas tres meses allí -con cáncer de pulmón- agradecidos por la atención que recibieron también los acompaña. “Esos fondos nos ayuda a mantener el edificio, a poner cerámicos en algunas partes, revocar otras; así compramos un freezer, una heladera y otros enseres de cocina”, enumera la hermana Amalia.

Una asistente social acompaña la evolución de cada uno, para saber cómo está y para ver cómo mejorar su calidad de vida. Cuando vienen los chicos de los colegios cantan y bailan. les encanta salir a la vereda.

El proyecto para un segundo hogar

El proyecto de un hogar nuevo está suspendido hace al menos dos décadas, plantea el presidente de la cooperadora, Ángel Antonio Fleita. La obra con capacidad para albergar a 200 personas se paralizó por falta de fondos y de reanudarse podría reconvertir su función, por ejemplo contener a los pacientes que acuden al hospital.

“Podría ser un albergue de paso”, apunta Amalia.

El emprendimiento depende del Arzobispado San Roque y está paralizada hasta la recuperación de algunos trámites complejos como la personería jurídica y la obtención de un financiamiento que la reactive.

“El pueblo lo está pidiendo, cada tanto nos dice: ¿qué pasa con el nuevo hogar?, agrega Adela.

Ángel agrega que al edificio actual también le vendría bien que se pavimente la calle de ingreso.

 

 

Esta nota fué publicada en el suplemento “Chaqueña” del Diario Norte, el 20 de Agosto, 2017.

 

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