Escucha al que te ama.

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La celebración anual de la Pascua pone delante de nuestros ojos a Cristo Jesús, el Maestro que, desde la cátedra de la cruz, nos explica, muriendo, lo que a todos había enseñado predicando.

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28).

Tú, que en el bautismo has sido curado de tu ceguera por el que es la luz del mundo, en aquel crucificado en quien los soldados vieron sólo a un rey de burlas, en quien los sumos sacerdotes y el sanedrín habían visto una amenaza para el propio poder, tú ves a tu Rey, a tu único Señor, a tu salvador; en ese crucificado tú ves al Hijo de Dios que ora por quienes lo han calumniado, bendice a quienes lo maldicen, hace el bien a quienes se ensañan con él, perdona a quienes lo crucifican.

A la luz de la fe, tú ves un abismo de amor donde todo parecía ser un misterio de odio.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica” (Lc 6, 29).

Ésa era la enseñanza que escuchabas en la llanura. Y hoy, en los misterios que celebras, se te concede contemplar el ejemplo.

Jesús “se levanta de la cena, si quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos” (Jn 13, 4-5). Ves que el amor es quien despoja a Jesús de sus vestiduras y lo arrodilla a los pies de los discípulos, y nos lo muestra, al maestro y al Señor, hecho esclavo de todos.

Y cuando, llegada la hora de pasar de este mundo al Padre, el Hijo se abaja a los pies de la humanidad para limpiarla, entonces los soldados “cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado y apartaron la túnica” (Jn 19, 23). Los soldados la cogieron y el amor no la reclama; los soldados la repartieron, y el amor les ofreció también el perdón que todavía no habían pedido.

Mientras en la cátedra de la cruz nuestro Dios y Señor Jesucristo nos entrega con la capa la túnica, con la túnica la vida, con la vida todo lo que el amor puede dar, nuestro egoísmo, con la ilusión de preservar capa, túnica y vida, va levantando vallas, construyendo muros, cerrando fronteras, cultivando miedos, sembrando recelos, exhibiendo poderío, y olvida que quien da la vida, ése la gana, y quien por salvarla se la queda, ése la pierde.

No apartes de tus ojos a Cristo crucificado. Tu maestro no tiene otra fuerza que su amor y sus heridas: cinco fuentes en las que puedes beber el agua de la vida, cinco puertas por las que se te permite entrar hasta el corazón de Dios. Y no desees otra fuerza que la de ese amor vulnerable y vulnerado.

¡Feliz Pascua!

Mons. Santiago Agrelo, ofm

Arzobispo de Tánger.

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