El viaje del Papa a Egipto y el de Francisco en 1219

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El viaje del pontífice sigue la senda de aquel que realizó San Francisco hace casi 800 años. En aquel viaje se encontró con el sobrino de Saladino. La regla de la no agresión.

La próxima visita del Papa a Egipto, en un contexto de tensiones diplomáticas, guerras y terrorismo, recuerda a otro: el de San Francisco. En junio de 1219 Francisco navegó hacia el este y, al llegar a Damieta, se encontró con el sultán de Egipto, Melek-al-Kamel, sobrino de Saladino (nombre con el que se conoce en occidente a Salh al-Din, fundador de la dinastía Ayubbide y sultán de Egipto y Siria en los últimos decenios del siglo XII). Fue él quien conquistó Jerusalén en 1187, y es recordado no sólo por ser un gran líder, sino también por ser un hábil político al llegar a un acuerdo con las fuerzas cristianas derrotados en Palestina.

Sin embargo, una pregunta puede surgir espontáneamente, ¿Francisco y el Sultán realmente se encontraron?

Las Fuentes Franciscanas (y varias más) lo confirman: La Historia Occidentalis del Obispo de San Juan de Acre, Juan de Vitry, el cronista Ernoul, quien continuó con la Crónica de Guillermo de Tiro, el cronista Bernardo el Tesorero, y, finalmente, la lapida funeraria de Fakhr ad-Din Muhammad ibn Ibrahim Fârîsi, en el cementerio del Cairo que parece aludir a Francisco.

Todos estos testimonios corroboran aquellos de Tomas de Celano, San Buenaventura y Giordano da Giacomo, que, de otro modo, podrían aparecer como sospechosos de haber “inventado” la historia del encuentro por razones internas de la Orden o relativas a su imagen.

Lo que Francisco maduró, viendo y experimentando la beligerancia de la Cruzada, lo recoge la Regla no bulada de 1221 y luego revisada y aprobada por el Papa en 1223, donde se indica el modo en que un franciscano debía andar entre musulmanes: Por eso, cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y el ministro deles la licencia y no se oponga, si los ve idóneos para ser enviados; pues tendrá que dar cuenta al Señor (cf. Lc 16,2), si en esto o en otras cosas procediera sin discernimiento. 

Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios.. (Rnb=1R, cap XVI)

Estas recomendaciones muestran las dos líneas maestras del pensamiento de San Francisco: el de la presencia y el del testimonio. El camino no es el de la imposición sino el de la “impregnación”.

El de Asís era un hombre de paz. Aquello que soñaba lo demostró con su vida en todos los sentidos, llegando hasta el Sultán para anunciarle la paz de Cristo, que no es la paz que da el mundo.

Pero Francisco no fue allí solo para el Sultán, sino también para los cruzados que estaban muy necesitados de verdaderos ejemplos de vida cristiana.

Presencia y testimonio: estas son las claras líneas espirituales e históricas que no dejan lugar a los malos entendidos. Si nos salimos de estas concretas y clarísimas coordinadas interpretativas, apunta el historiador Franco Cardini, nos adentramos en la palabrería inútil.

Y este es el camino en el cual Francisco (el Papa) viaja a Egipto. Un viaje que despierta la atención de la Familia Franciscana. Este nuevo encuentro abre, simbólicamente, el octavo centenario del apretón de manos, del abrazo, entre cristianos y musulmanes.

Un encuentro que parece darse en una “nueva Edad Media” en la que se cortan cabezas y se combate en nombre de Dios.

Nosotros no queremos volver al medioevo. Queremos abrir las puertas y caminar por las calles, firmes en el dialogo y el respeto mutuo.

Por Enzo Fortunato

Original en italiano en Corriere della Sera.

Traducción de GLS.

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