Doctrina Social de la Iglesia y misericordia

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La misericordia, como concepto definible, es la inclinación a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles ayuda. Referido a Dios, es la cualidad en cuanto Ser perfecto, por la cual perdona los pecados de las personas: “la misericordia es lo propio de Dios, y en ella se manifiesta de forma máxima su omnipotencia” (Suma Teológica, 2-2, q. 30, a. 4). Pero como todo concepto, su etimología no abarca toda su verdadera dimensión [(misere (miseria, necesidad), cor, cordis (corazón) e ia (hacia los demás)], pues un corazón solidario con los necesitados, posiciona a la persona en una búsqueda ante el misterio de su propio ser y del Ser trascendente y su interrelación con la casa común y con los demás. 

Tampoco podemos reconducir la misericordia en exclusiva al cristianismo, pues se ha dado en las más diversas culturas y religiones, tal como sucede con los egipcios que concibieron, en sentido figurado, el invierno sin misericordia. Pero es evidente que la misericordia es un atributo divino, genuinamente cristiano, que se desarrolla en la caridad, tal y como indica el Catecismo de la Iglesia católica, en su numeral 2447:

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (Is 58, 6-7; Hb 13, 3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (Mt 25,31-46)”.

Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (Tb 4, 5-11; Si 17, 22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (Mt 6, 2-4):

El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo” (Lc 3, 11). “Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros” (Lc 11, 41). “Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?”(St 2, 15-16; cf Jn 3, 17).

Los Evangelios son precisos, recordando que la misericordia tiene más peso que la propia Ley y que tiene que brotar del corazón: “Id, pues, y aprendan lo que esto significa: Quiero misericordia, y no sacrificio”.

El papa Francisco, al que se ha definido como el misionero de la misericordia, ha convocado oficialmente el Jubileo Extraordinario de la Misericordia con la publicación de la Bula “Misericordiae vultus”, que se iniciará el 8 de diciembre de 2015, y que justificó con que la Iglesia, con los grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios, pidiendo la conversión de nuestros corazones de la indiferencia a la compasión.

Por ello, la doctrina social de la Iglesia, en cuanto conjunto de normas y principios referentes a la realidad social, política y económica de la humanidad basada en el Evangelio y en el Magisterio de la Iglesia católica, tiene que estar dirigida por y desde las bienaventuranzas y, especialmente, desde la misericordia, pues la bienaventuranza a los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia, es llamar felices a los que socorren a los infelices, porque a ellos se les dará como contrapartida el ser librados de la infelicidad, siendo que esa felicidad está en el servicio a los demás, porque donde hay misericordia está el espíritu de Jesús.

Tal y como afirmaron los Obispos norteños en la Pascua de 2015 (Misericordia entrañable), “la misericordia es activa, nos mueve a hacernos cargo del sufrimiento del prójimo, a ponernos en su lugar, a escucharlo, a defenderlo, a compartir nuestros bienes, a ayudarlo en el restablecimiento de sus derechos y de su dignidad. También conlleva un compromiso comunitario, tanto a nivel eclesial como social, político y económico, de transformación de las estructuras de pecado que generan desigualdad e injusticia. El Papa Francisco aboga por la inclusión social y eclesial de los pobres”.

La misericordia se vuelca especialmente en los pobres y excluidos, que son los destinatarios de las palabras del Evangelio y que nos recuerda Francisco: No a una economía de la exclusión (cfr. EG 53); no a la nueva idolatría del dinero (cfr. EG 55); no a un dinero que gobierna en lugar de servir (cfr. EG 57); no a la inequidad que genera violencia (cfr. EG 59). Esto significa la opción preferencial por los pobres del Evangelio y que manifiesta la misericordia de Dios hacia los más débiles, empobrecidos e indefensos.

La falta de misericordia es no reconocer a nuestro prójimo, lo que conlleva un pecado de omisión, pues es de justicia curar las heridas con aceite y vino, y vendar al necesitado, tal y como hizo el samaritano, pese a sus diferencias religiosas con los judíos. Luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él (Lc 10:25-37). Jesús concluye de modo imperativo: “Vete y haz tú lo mismo”.

Via PD

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