Dar gracias

Por Manuel Romero, TOR

Jesús tenía más frescura y libertad que nosotros. Buscaba ejemplos habituales para explicar el reino de Dios y descubrir nuestro interés y agradecimiento.

El ejemplo de la viña se dirige a los sacerdotes y senadores judíos. Les retrata como esos jornaleros que se apropian de la cosecha. El trabajo -que les ha llevado hasta los frutos- les posiciona en dueños de la tierra y -como consecuencia- rivales del dueño. La confianza del propietario les hace sospechar del interés por la viña. Y ahí comienza su locura: confunden confianza con despreocupación. Y se apropian los frutos, la tierra y el futuro de la viña.

Esa parábola puede hacer una radiografía de mi modo de acometer la misión encomendada. Pongo todo mi interés, corazón y tiempo. Y en los resultados pongo la justificación de mi responsabilidad. Los beneficios, que reportan mi tarea, acaban dando contenido a mi identidad. Y llega un momento en que el éxito de la misión me describe como bueno, entregado, eficaz… y dueño. Sí, porque acabo considerándome merecedor de algo más que el fruto. Necesito que reconozcan mis desvelos por la tierra y sólo me satisface el título de propiedad de la misma.

¡Cuántas obras personalistas han muerto por la soledad! Por fundamentarlas en mí y en mis capacidades, y apartarlas de la responsabilidad comunitaria. ¡Cuántas han acabado fuera de la Iglesia! Porque la sociedad valora lo que la Congregación no ha potenciado. ¡Cuántas se han desacralizado! Porque a Dios lo he convertido en mi rival.

El antídoto está en la carta a los Filipenses: da gracias a Dios en todo momento, por todo fruto, por cada oportunidad, por cada hermano, por cada hálito de vida. Y entonces, “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Él amigo que nos contrata para estar junto a él. Y por eso, he de dar gracias.

Via LCDLP

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